Oswaldo Payá era un hombre decente y valeroso. Nada mejor que decir en este momento cubano de insondable sordidez. Murió, como otros opositores, como otros dirigentes caídos en desgracia, víctima de un enigmático accidente automovilístico. Desde hace décadas su nombre figuraba en la orwelliana lista de las no personas: aquellos que para la dictadura valen más muertos que vivos.
Como todo opositor en Cuba, Payá actuaba desde la lógica del martirologio. Su muerte es congruente con las circunstancias. Los Castro lo mismo abandonan al Che Guevara en Bolivia que hunden una embarcación fugitiva con niños y mujeres a bordo. Lo hayan matado o no, para la conciencia de la nación, para nuestra memoria de pueblo, el escándalo consiste en que el Estado, la formal estructura de la patria de todos, lo haya preferido muerto.
Una popular cita de Mahatma Gandhi dice: “Cuida tus pensamientos, porque se convierten en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convierten en tus acciones. Cuida tus acciones porque se convierten en tus hábitos. Cuida tus hábitos porque se convierten en tu carácter. Cuida tu carácter porque se convierte en tu destino”. Payá cuidó sus pensamientos, sus palabras. Al final, su destino acabó por hacerse ineludible. Si no fue ayer, sería mañana.
En el último año su tono había subido más allá de lo tolerable. Feroz, reacio, desesperado, fustigaba como nunca antes a la dictadura, a los nuevos mercaderes del diálogo y la reconciliación, a los cubanólogos que al cabo de medio siglo de disolución nacional siguen sedientos de hallar miel y mirra en un esputo de Fidel, y al cardenal Jaime Ortega, con sus obispos de cera y su brigada de respuesta laical.
En un comunicado de la Arquidiócesis de La Habana, el portavoz Orlando Márquez decía que Payá fue un católico que “desde su experiencia y vivencia de fe asumió un compromiso y trabajó por lo que consideró era bueno para Cuba”. Lo que consideró era bueno para Cuba. Quizás la frase deba su obtusa abstracción al miedo. Eso no la alivia de su perfidia. Lo que Payá consideró bueno para Cuba tiene un nombre: libertad.
Tal fue el grito de adiós a su cadáver en su humilde parroquia de El Salvador del Mundo, en la barriada del Cerro: “¡Libertad! ¡Libertad!” Las palabras que se hacen acciones, que se hacen destino. Payá le reprochaba a la Iglesia, nuestra Iglesia, que callara o, peor aún, que hablara en esa media lengua del esclavo. Pues si un deber tiene el cristiano es traer la palabra clara, precisa y ardiente. A nada le teme más la dictadura. A fin de cuentas, la opresión es un problema de lenguaje. De lo contrario, no hiciera falta la censura.
Al despedir el duelo, Ortega volvió a demostrar su dominio de la eufemística. Dijo: “Oswaldo vivió el papel desgarrador de ser un laico cristiano con una opción política en total fidelidad a sus ideas, sin dejar por esto de ser fiel a la Iglesia hasta el día final de su vida. Fue amable y atento con su obispo, a quien siempre decía respetar y era cierto que lo hacía”. Así, combinando la asepsia de un itinerante canciller con la deferencia de un municipal catequista, la máxima autoridad católica de la isla eludió definir la importancia del hombre que insertó en el quehacer civil cubano la doctrina de la Iglesia.



























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