La lucha pacífica en Cuba ha perdido a uno de sus más incansables defensores. Los cubanos que aborrecen el régimen han perdido un líder de primera línea que nunca abandonó sus ideales ni a sus seguidores y a sus amigos.
También fue fiel a su fe cristiana, en la que se inició cuando de niño vistió el uniforme de los Hermanos Maristas. Al ser la educación estatizada y clausurada su escuela, pasó a la escuela pública José Martí, donde aumentó su estatura física y espiritual. Terminada la primaria, lo pude seguir a la escuela Franklin Delano Roosevelt, donde inspiró a muchos desde los campos de Camagüey a donde lo enviaron por el plan de la escuela al campo.
Por tener ideas propias y no dar vivas a la revolución, lo enviaron a los peores sitios de castigo del servicio militar. Se opuso a cortar caña como un esclavo y un sargento hasta lo quiso matar, pero no cortó caña. Lo enviaron a Isla de Pinos, lo conminaron a conducir presos militares y nuevamente dijo no.
Se hizo maestro, que es ser formador, y se hizo ingeniero, que es ser constructor, y desde la intolerancia construyó su movimiento Liberación. Confió, siguió, lo amenazaron, lo detuvieron, le asaltaron la casa y lo conminaron a desistir, y dijo no. Miles creyeron en su proyecto Varela. Le dieron premios internacionales, y cuando pudo exiliarse, también dijo no.
Su vida entera fue una apuesta entre la intolerancia de un régimen y la libertad y la justicia que soñaba para Cuba. Murió enfrentando la mentira y la injusticia y enarbolando la reconciliación y la paz. Su muerte marcara un antes y un después en la lucha por la libertad de Cuba.
Gracias por tu amistad; gracias por tu ejemplo; gracias por tu humildad y gracias por enseñarme también a decir a la injusticia que reina en Cuba no y siempre no.
Ramón Antunez
Miami




























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