Desde el Cuban Memorial Boulevard al Parque Máximo Gómez, las historias de los héroes en la lucha por una Cuba libre forman parte de la infraestructura de La Pequeña Habana.
Ahora, el sobrino de uno de estos patriotas cuyo nombre está estampado sobre la avenida 19 del suroeste se ha dedicado a otra causa: revitalizar a este barrio considerado el corazón simbólico del exilio cubano.
Debemos proteger y preservar a La Pequeña Habana, afirma el empresario inmobiliario Bill Fuller. Hay que entender de dónde venimos y qué hemos atravesado como una ciudad y a dónde vamos. Somos una ciudad joven pero a veces parecemos que estamos usando esteroides, creciendo tan rápido para competir con las grandes metrópolis del mundo.
Como indica su apellido, la trayectoria de la familia Fuller es atípica entre los exiliados cubanos. No obstante, tiene algo en común con muchas familias que abandonaron la isla después de la revolución de Fidel Castro en 1959.
Los abuelos paternos de Bill Fuller eran estadounidenses que se mudaron a Cuba tras la instauración de la República en 1902. La familia compró miles de acres en Holguín donde establecieron un rancho ganadero y cultivos de caña.
Era el comienzo de Cuba y muchos americanos miraban las oportunidades, dijo Fuller, de 35 años.
Por más de 50 años la familia extendida vivió de su inversión en Cuba. Jennie y William Fuller tuvieron tres hijos y cuatro hijas que estudiaban en Miami pero pasaban los veranos en Holguín. A mediados del siglo, compraron una casa en el barrio de Shenandoah para facilitar los estudios de sus hijos.
Todo cambió en 1959. Las familias como la suya servían como ejemplos de la influencia de Estados Unidos en Cuba. Según cuenta la familia, en un momento una turba de simpatizantes de la revolución amarró al abuelo de Fuller a un árbol y le dio una paliza.
Fue el primero que abandonó el país. Luego, uno por uno, los demás miembros de la vasta familia lo siguieron a Miami. El gobierno confiscó la propiedad en Holguín.
En Miami, el hijo mayor, Bobby Fuller, soñaba con retomar lo que su familia perdió. Empezó a asistir a las reuniones clandestinas de los exiliados que planeaban incursiones secretas a la isla. La incursión en la que participó Fuller, en octubre de 1960, fue un fracaso, como tantas otras que se realizaron en ese entonces. El grupo fue capturado y Fuller fue uno de los condenados a muerte.
Bobby Fuller fue un patriota, consideró el alcalde de Miami, Tomás Regalado, quien promovió la dedicación de una sección de la avenida 19 del suroeste como Bobby Fuller Way cuando era un comisionado.
Bill Fuller nunca conoció a su tío pero lo considera un héroe. Escuchaba a su padre, Fred Fuller, y a sus abuelos, contar sus historias en el patio de la casa en Shenandoah.
Fuller creció en Kendall en un modesto hogar cubanoamericano. Tanto su padre como su madre, Miriam, trabajaron en compañías telefónicas en Miami. Era un cambio drástico a la vida que conocían en Cuba. La familia de Miriam había pertenecido a la clase privilegiada de La Habana, donde administraba varios hospitales.





























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