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Niñez soviética, travesía desde Lenin hasta la Biblia

 

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En septiembre de 1991, cuando la Unión Soviética vivía sus momentos finales, yo iba en primer año de primaria y tenía un sólo deseo: recibir mi placa roja con el retrato de Vladimir Lenin cuando era niño.

Obtener la placa del Pequeño Octubrista, que honraba la revolución de octubre de 1917 encabezada por Lenin, era el primer ritual por el que pasaban todos los ciudadanos soviéticos.

Después seguía integrarse en los Pioneros Juveniles, la Liga Juvenil Comunista, para algunos, y el Partido Comunista. Este era el camino hacia una educación buena y una carrera triunfal.

Se supone que yo recibiría mi placa de Lenin al inicio del segundo semestre, pero para entonces la Unión Soviética había desaparecido y con ella lo símbolos, héroes e ideales comunistas.

Al igual que sucedió a muchos niños soviéticos, se esfumó el futuro de mi horizonte. Mis maestros estaban igualmente confundidos, ya no sabían qué enseñar. Incluso el lugar favorito de vacaciones de mi familia viró de súbito hacia el extranjero.

Jamás imaginé que las normas que yo creía eternas caerían una a una en los próximos 20 años.

Mi niñez fue típica de un menor soviético: un jardín de niños con vegetación frondosa, vacaciones veraniegas en el Mar Negro, visitas a la dacha, nuestra casa de campo. Nunca sentí carencias aunque recuerdo que la vida no era fácil.

Un paquete de bloques pequeños para armar Lego que me obsequió un pariente lejano fue durante años mi juguete favorito porque había poco que encontrar en las tiendas soviéticas.

Un sábado en la mañana mi papá fue a una tienda grande de juguetes cerca del Kremlin y regresó solamente con una figurita de caucho de una criatura que no atinábamos definirla. Era una combinación de oso, gato y hámster. Nunca acerté qué era.

Los dibujos animados eran tan escasos en la televisión que los esperaba con ansia. Los noticiarios que veía con mis papás todas las noches eran muy sosos: Fábricas, maquinaria, rollos de tela, trabajadores, es lo que recuerdo.

Para la adquisición de comida, mis padres tenían “carnés de consumidor” que funcionaban como cartillas de racionamiento. Mi nombre y el de mi hermano estaban escritos en la parte posterior de esos documentos para que no nos formáramos con nuestros padres y nos dieran lo nuestro.

Un año, mi madre recibió un paquete de cubitos de azúcar por el Día de la Mujer, un obsequio que fue muy preciado porque habíamos pasado meses sin ellos.

La escasez de alimentos era incluso peor en Sebastopol, la ciudad del Mar Negro donde mi familia solía pasar todas las vacaciones de los veranos.

Solíamos llevar con nosotros mantequilla, salchichas y otros alimentos desde Moscú. Esta canasta haría parecer que las vacaciones no serían perfectas, pero Sebastopol, con sus playas y arboledas de cipreses enormes convertían el paisaje en el mejor lugar del mundo. Sebastopol está en Ucrania, hoy un país independiente, y no he vuelto ahí desde 1991.

Una tarde antes de finales de 1991, mi hermano y su mejor amigo llegaron de la escuela con una caja grande. Yo estaba fascinada. La tapa tenía palabras en inglés. Adentro había leche en polvo y jamón enlatado. Mis padres me dijeron que era asistencia humanitaria proveniente de los países de Europa occidental porque creían que Rusia podía estar al borde de la hambruna.

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