Cada vez que entro en un elevador en México me siento como una marciana recién llegada a la Tierra. Cuando se abre la puerta del ascensor de la oficina de Noticias Univisión y escucho a las personas que vienen ahí, me quedo mirándolas boquiabierta.
Es que el “buenos días”, el “con su permiso” y la pregunta infaltable de ¿a qué piso va para marcárselo?”, me hacen verlos como extraterrestres.
“¿Por qué se nos queda mirando tan extrañada?”, me preguntó el otro día un compañero. ¿Pasa algo?”
Sí –le respondí con tristeza–, es increíble darse cuenta de que nos hemos acostumbrado tanto a la descortesía y a no tener siquiera un poco de educación para con los demás.
El que entonces me miró extrañado fue él. Lo bueno es que estábamos en el ascensor de un edificio de más de 30 pisos que paraba constantemente, por lo que tuvimos tiempo de seguir hablando.
“¿Pues con qué maleducados se junta usted, doña?”
Le dije que con ninguno en especial y con muchos a la vez, comenzando conmigo. Estamos tan inmersos en nuestras cosas que no nos damos cuenta del valor de sonreírle a desconocidos, ni de las bendiciones de decir “que tenga buen día”.
Pero eso es sólo la punta del iceberg. Peor es lo que sucede con los compañeros de vuelo en los aviones..
La mayoría ya ni siquiera pide permiso para pasar al asiento de al lado que es el suyo. Hace unos días, una mujer se me quedó mirando y, sin pronunciar palabra, con un movimiento de cabeza me dio a entender que necesitaba pasar a sentarse a mi lado.
Malévolamente, respondí:
¿Qué es lo que desea? Lo siento, pero no entiendo a señas.
“Que mi asiento es al lado suyo”, dijo.
Ah, ¿entonces lo que usted me quiere decir es que le permita pasar?
“Sí”, y pasó a su sitio, sin inmutarse y sin pena ni gloria.
De pronto, un jovencito interrumpió mis reflexiones habituales.
“Señora ¿me permitiría pasar?”. Y me quedé mirándolo como si fuese un marciano. Al verme impactada, me preguntó: “¿Dije algo que la ofendió?”.
Todo lo contrario, respondí. Sólo que se me hace increíble encontrar a un joven de su edad con tan buenos modales y sobre todo a tan temprana hora.
“Mi madre y mi abuela siempre nos han inculcado algo”, dijo. “Que cada vez que entremos a un ascensor o pidamos un asiento, lo hagamos pensando en la forma en que nos gustaría que las trataran a ellas. Y pido las cosas por favor”.
Así que a practicar los buenos modales más a menudo. Salude en los elevadores, dé los buenos días al sentarse dentro de un avión, tal y como le gustaría que lo hicieran con su madre o con su abuela. Mejor no puede ser.•























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