Teatro Avante se presenta en el XXVII Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami con El no, pieza inspirada en el drama homónimo del cubano Virgilio Piñera, escrita por Gilda Santana, con dirección de Mario Ernesto Sánchez, asistencia de Melissa Messulam y producción de Neher Jacqueline Briceño.
En principio, la anécdota parece simplona: un matrimonio se desespera porque el noviazgo de su hija se alarga de forma inusual. La madre, exaltada, reclama una boda y el padre intenta imponer sus reglas a los novios, proclamando que puesto que casa y familia son suyas, no les queda más que rendirse a las exigencias de la tradición. El absurdo, que Piñera usa como arma maestra en sus creaciones, se aprovecha en esta versión para deslizar una segunda lectura donde, si sustituimos la palabra familia por estado, la risible situación doméstica se convierte en la represión que reina en un estado totalitario, del que la historia pasada recoge ejemplos tan siniestros como lo fueron el de Alemania bajo Hitler o el de la extinta Unión Soviética en tiempos de
Stalin.
He aquí, pues, el punto en que El no de Santana revela una profundidad donde la risa nos deja un sabor amargo en la boca: ¿Qué puede hacer quien se niega a someterse a las reglas de los dueños de la familia, la casa, el país? Los novios comparten ciertas posturas y disienten en otras; él prefiere esperar, callarse, fingir que acata los términos de la tiranía. Ella, en cambio, desea rebelarse abiertamente, proclamar su verdad y, en última instancia, echarse al mundo desconocido que acecha más allá de los muros del hogar. Cualquier decisión que tomen tendrá un alto precio.
La puesta de Avante, agradable y convencional, se apoya en la música de Mike Porcel y en el hermoso diseño de Jorge Noa y Pedro Balmaseda, que concibieron la casa familiar, típicamente cubana, a partir de columnas, ventanas, balaustradas, cortinas y vitrales tejidos, con motivos que se repiten en utilería y vestuario, y hacen pensar en los hilos de una telaraña, que sin estar presente en el esquema escenográfico se sugiere de forma subliminal. Es acertado el juego de luces que otorga a los tejidos vidrios de los vitrales una ilusión de
transparencia.
Con un elenco de lujo como el de la obra, cabía esperar desempeños de primera línea, esperanza cumplida con una Isabel Moreno que lleva adelante el papel de Laura, la madre, con la sabiduría actoral a la que nos tiene acostumbrados, y un Gerardo Riverón que se esmera en sacar partido del personaje de Pedro, el padre. Julio Rodríguez como Vicente y Maribel Barrios como Emilia, se conjugan a la perfección y mantienen en alto el ritmo de la historia, propiciando la lectura entre líneas y prestándole una sutileza que a ratos se echa de menos en algunos parlamentos.
Toca hacer mención aparte de una de las escenas más divertidas que hemos visto en teatro últimamente; aquella que juega como preculminación de los personajes de los progenitores, en donde Moreno comienza a dar forma a la demencia final que acabará con la madre, mientras que el personaje de Riverón se mueve al fondo, embotado por la senilidad de los últimos momentos del padre, y balbucea consignas de un triunfalismo patético.
Aplausos para Avante en esta pieza inspirada en El no virgiliano, recomendable para el público en general, y en particular para los que en algún momento lograron escapar de la tela de araña.•



























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