Lo proclaman con autoridad los que “saben”, el futuro de los libros y los periódicos tienen sus días contados. No estoy de acuerdo con la afirmación. Leo diariamente El Nuevo Herald de madrugada en internet pero no me satisface, quedo como en la mitad de un acto de amor. Espero que lleguen las 6 de la mañana y medio dormido, busco el periódico, y cuando abro la primera página siento que sé lo que realmente está ocurriendo en el mundo.
Tampoco creo que desaparecerán los libros; esa satisfacción cuando de pie frente a mi humilde biblioteca visualizo un cúmulo de ejemplares apretados unos a los otros, en un bello abrazo, donde se encuentran El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, Siddartha de Herman Hesse y Cien años de soledad de García Márquez, y siento que los puedo tocar, ojear, releer a mí gusto, no creo que el hombre permitirá que se extinga esta conquista del alma humana.
Pues sí, el mundo cambia a la velocidad de la luz, y como mi generación se va frente a otra que llega, es lógico que no entienda que los adolescentes norteamericanos pasen 44.6 horas a la semana de promedio frente a una pantalla, séase de una computadora o la televisión.
Sobre la computadora, es siniestra, crea y destruye, salva y condena, y las maravillas que ofrece tientan nuestras compulsiones. Mientras que la cultura de los libros se eterniza suspendida en el tiempo y tiene el respaldo del nombre de un autor, mientras que en el internet, el dato se va como llegó, en segundos, y cada día nos entrega informaciones más falsificadas, ataques más virulentos, concepciones más degradantes, casi siempre bajo el cobarde manto del anonimato.
Sin embargo, creo que la televisión mejora, confieso que soy fanático de las telenovelas. Y ellas han dado un giro positivo. Están desapareciendo de las pantallas aquellos culebrones donde la sirvienta, maltratada y despreciada por la familia, y de la cual se enamora perdidamente el señorito de la casa, en los últimos capítulos resulta ser la heredera de una de las fortunas más grandes del país. Este tema tan tonto y repetido hasta el cansancio, supongo se ha agotado porque el televidente promedio está hasta la mismísima coronilla de ver tantas superficialidades.
Ahora se transmiten cosas mucho mejores como la telenovela colombiana El capo, la mexicana La reina del sur y la brasileña Passione.
Confieso que un tema bien tratado me conmueve, y cuando en la novela Passione Herson Goviella se reúne con su hija Fátima después de 20 años de separación y comienzo a hacer pucheros no me siento un flojito delicado. Si en mi juventud jamás lloré de impotencia ni de rabia ni de miedo, ahora a mis 71 años tengo el derecho de derramar todas las lágrimas cursis y ridículas que me dé la gana.
Y un nuevo salto de calidad ha dado la televisión con el estreno de El patrón del mal, la vida del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria. Y no es un folleto rosa, una condena ni una magnificación. Es un relato objetivo narrado por sus víctimas con un crudo realismo, una fotografía impresionante y una dirección nunca vista y que nos enfrenta a la realidad de que dentro de todo ser humano hay una mezcla de ángeles y demonios. Hubo un Pablo Escobar que cometió los más cobardes y repugnantes crímenes, la vida de un ser humano le importaba un bledo, pero había otro que amó con profunda ternura a pesar de sus infidelidades a su esposa “Patico” y que rompió a llorar como un niño cuando supo que había nacido en Panamá su hija Juana Manuela Marroquín Santos.
La televisión bien hecha es capaz de educar. Y creo que sería lamentable que creadores cubanos no intenten descifrar en un libreto al Che Guevara, con objetividad, claro, un psicópata que disfrutaba y propugnaba matar a sus enemigos pero que luchaba por un ideal, perverso o no.
O que el brillante periodista venezolano, mi ex entrañable amigo Ibsen Martínez, que antes ha incursionado en el territorio minado de los culebrones, escriba algo sobre su controversial paisano Hugo Chávez, ningún personaje más enigmático, y explique la historia de su cáncer. ¿Estaba en algún lugar de su cuerpo o solo en el cerebro maquiavélico de Fidel Castro? ¿Cuál era el tamaño de su egolatría y ambición de poder?, ¿cómo se compaginan su real ayuda a los desposeídos y su entrega de millones de galones de petróleo a las naciones más pobres de la región con su irrespeto a la libertad, su destrucción de las instituciones venezolanas y de PEDEVESA y su protección al flagelo de la droga?, ¿era alguien propenso a la compasión o un monstruo? Una buena telenovela ayudaría a resolver estos misterios.
Nicop32000@yahoo.com


























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