Me voy de Alemania convencido de que tratándose de cuestiones sagradas hay que manejar los desacuerdos con sensibilidad y preservando siempre la dignidad humana.
Después de un maravilloso mes y medio en Alemania regreso a mi casa en California notablemente enriquecido. No solamente porque ahora puedo balbucear en alemán sino por el inesperado y grato curso de diversidad cultural y tolerancia que he recibido en el salón de clases y fuera de él.
En mi curso de alemán en el Instituto Goethe éramos 17 alumnos. Un español, una italiana, un brasileño, una chilena, un chino, tres hombres y una mujer de Arabia Saudita, tres mujeres y dos hombres de Libia, una mujer de Palestina, otra de Rumania y yo. Todos, salvo los dos europeos, vinimos a Mannheim-Heidelberg a aprender alemán porque así lo requieren nuestros estudios de posgrado. Entre los jóvenes de los países árabes, cuatro son médicos, dos mujeres son dentistas y el resto se prepara para su maestría o su doctorado. Cuatro de las mujeres que tomaron el curso respetan el código de vestimenta musulmán.
Uno de mis compañeros, Essa Bancri era, muy probablemente, el hombre más aventajado en la clase aunque la mejor era una joven italiana. Essa es médico y se prepara para un internado en un hospital de Berlín.
A mi regreso de un fin de semana en Munich, le platiqué un poco de la muestra inolvidable de la diversidad cultural que vivimos mi esposa y yo en esa frenética ciudad. Le conté cómo el viernes, la calle peatonal que conduce a la extraordinaria plaza del ayuntamiento se vistió de negro con decenas de mujeres en burka paseando con su numerosa familia. Luego le dije que el sábado nos topamos con la celebración por el día del orgullo “gay” que ocupó todas las calles del centro en una algarabía de carnaval y le di detalles de las vestimentas de los participantes.
Essa sonrió y su único comentario sobre Munich fue que la inmensa mayoría de sus compatriotas que sale al extranjero regresa a su país. Me contó cómo lamentaba no poder celebrar Ramadán con su familia en su país. Me mostró en su teléfono las fotos de la comida que habían preparado en la casa de sus padres. Le pregunté si su esposa se cubría totalmente la cara y me dijo que sí. Le pregunté si no consideraba él moralmente reprensible la condición de las mujeres en su país y me contestó que no. Se ofreció a explicarme el porqué y el papel que juegan la familia y la mujer en el Islam. Le dije que no. Desde mi perspectiva occidental colocar a la mujer en una situación de inferioridad es inaceptable. Sin embargo, no quise confrontarlo porque sentí que no tenía derecho a pedirle una explicación sobre sus costumbres por más aberrantes que a mí me puedan resultar.
Y mientras reflexionaba sobre el tema, leí en el periódico que el Parlamento alemán se apresta a introducir una ley que garantice el derecho a la circuncisión. Un derecho que la Corte Suprema recién ha invalidado por considerar que equivale a un daño corporal injustificable aunque sea por razones religiosas y con el permiso de los padres. La Corte intervino porque hubo una demanda en el caso de un niño musulmán de 4 años que sufrió serias complicaciones después de que le hicieron la circuncisión.
Pensé que si bien es cierto que la circuncisión es una costumbre universal sería ingenuo negar que el fallo de la Corte tiene serias implicaciones religiosas para los 250,000 judíos y cuatro millones de musulmanes que viven en Alemania y la consideran parte esencial de su ritual religioso.
Desde mi punto de vista, el caso de la circuncisión en Alemania, al igual que con las prohibiciones a la burka en varios países europeos, refleja las ansiedades de países que confrontan nuevas experiencias multiculturales sobre todo de carácter religioso. No me cabe duda que algunos de estos usos y costumbres deberían ser prohibidos donde quiera que se practiquen, pienso por ejemplo, que la mutilación de genitales a las mujeres es una costumbre bárbara e inaceptable sea religiosa o no. Al mismo tiempo pienso en Essa y confirmo que cuando se trata de cuestiones sagradas el desacuerdo hay que manejarlo con sensibilidad y bajo el principio rector de que por sobre todas las cosas hay que preservar la dignidad humana.



























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