Hay quienes nacen para encarnar el destino y la voluntad de todo un pueblo, y aun cuando ese pueblo se halle sumido en la penumbra de un profundo letargo, ellos llevan en sí mismos la chispa de la conciencia que ha de prender los albores de un radiante despertar. Uno de esos seres extraordinarios fue Oswaldo Payá Sardiñas.
No ha habido en toda la historia de la disidencia cubana alguien con más declaraciones, proyectos y propuestas dirigidos a la búsqueda de una solución pacífica del conflicto cubano. No cabría en este espacio la lista completa de los títulos de sus documentos, algunos con una extensión de decenas de páginas. El más famoso, el Proyecto Varela, puso al régimen entre la espada y la pared al hacer ver públicamente que violaban su propia legalidad cuando se negaron a debatir, como indicaba la ley, una propuesta de reformas que tenía el respaldo de más de veinte mil firmas. El manto de la mentira jurídica se resquebrajó y el rey quedó desnudo. Y para cubrirlo, como recurso de última hora, declararon la irreversibilidad de un socialismo inexistente que hasta entonces se decía se estaba construyendo, pero del que nunca habían celebrado un acto de inauguración.
También son incontables las veces que sufrió detenciones. Era constantemente asediado, calumniado y amenazado. Pero nada ni nadie podían detenerlo. Llevaba en su alma, en frase del célebre poeta guatemalteco Ismael Cerna, “la hermosa luz del entusiasmo ardiente”. Y si ahora se ha marchado, ha sido porque su misión está cumplida. El fue el principal artífice de una obra de la que pronto se verán sus frutos. Y su propio sepelio fue un anticipo. Por primera vez el número inusual de cubanos reclamando derechos impidió al régimen sacar las turbas del odio a las calles para acallar las voces de inconformidad y tuvo que lanzar las fuerzas represivas del Estado contra personas pacíficas que ni siquiera con sus palabras agredían, porque sólo gritaban una: “¡Libertad!”
Aún se ignora la verdadera causa de su muerte cuyas extrañas circunstancias provocaron numerosas conjeturas, pero si la teoría conspirativa fuera cierta, habría que preguntarse entonces por qué esas propuestas pacíficas, esos llamados reconciliadores y esas exhortaciones a la fraternidad entre todos los cubanos donde ni siquiera se excluía a sus propios represores –“hermano, yo no te odio, pero no te tengo miedo”-, atemorizaban tanto a sus adversaros. Y aunque no fuera cierta, ¿por qué tanto acoso? ¿Acaso temían que esos mensajes amables pero viriles podían contaminar sus propias filas e inocular las mentes de los represores con un virus moral? ¿Acaso advertían que esas invitaciones al abrazo fraternal neutralizaría el odio requerido para reprimir y avasallar?
Soñaba con una Cuba donde reinaran para siempre la justicia, la libertad y la paz, y esa pasión le empujaba a vivir constantemente con un pie en la calle y otro en la cárcel, con un pie en la vida y otro en la sepultura, como si no pudiera zafarse de un destino enredado en sus entrañas. A veces esa pasión lo arrastraba más allá de lo que sus propias normas le dictaban. Justamente en medio de uno de esos ímpetus, me distancié de sus campañas, y cuando mucho después, conmovido por una de sus últimas propuestas puse distancia entre el documento y su autor y agregué mi firma, me escribió conciliador. Pero yo, soberbio, no le contesté. Poco después, la noticia de su desaparición me dejó conmocionado, a pesar de que era algo previsto, e incluso pese a mis convicciones de que la muerte no existe, de que eso que así llamamos no es más que el paso a otra etapa de la vida.
El edificó en la conciencia de los cubanos las murallas de la libertad. Ahora nos toca a nosotros ponerle sus cimientos en el suelo de la patria.
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