Los ausentes siempre estarán con nosotros en tiempos de elección en una Florida que ha convertido el fraude de las boletas ausentes en el deporte olímpico oficial. Los especialistas en lograr que los ausentes estén presentes son los boleteros.
Las boleteras de Hialeah que ahora están en el candelero político y que todos los políticos niegan conocer, aunque aparezcan retratados con ellas, no son las primeras ni serán las últimas ejemplares de una brillante especie que apareció por estas tierras años atrás.
En 1997, gracias en parte a una amplia investigación por parte de este diario se pudo comprobar que bastantes muertos votaron con boletas ausentes en las elecciones a alcalde de Miami y que algunos vivos habían vendido sus boletas por $10. El escándalo llegó a manos de un gran jurado y culminó con el arresto de 45 “asesores políticos”. Además, un comisionado de Miami terminó en la cárcel y Joe Carollo se convirtió en alcalde de Miami por obra de un juez que determino que la victoria de su oponente, Xavier Suárez, se basaba en el fraude en las boletas ausentes. Es obvio que algunos no aprendieron nada de ese trágico incidente.
Una década más tarde resulta más difícil investigar y perseguir el fraude electoral con boletas ausentes. La manipulación del creciente voto ausente es una de las pocas industrias que ha prosperado en la Florida en los últimos años y que se nutre de la miseria humana y de los fondos oscuros de las campañas políticas al mismo tiempo que es protegida por una legislación favorable al fraude. Y es que, no en vano, muchos de nuestros legisladores estatales han sido electos gracias a los votos ausentes.
De hecho, la ley estatal de reforma electoral aprobada en Tallahassee en el 2011 hizo el fraude mucho más fácil porque como consecuencia de esa reforma cualquiera puede solicitar una boleta ausente sin explicar por qué estará ausente y ni siquiera dar una dirección correcta. O sea que puedes pedirle al Departamento de Elecciones que envíe tu boleta a casa de la tía Fefa o al motel romántico de Hialeah sin necesidad de especificar que esa es tu residencia habitual. Este desparpajo electoral es una invitación al fraude. Los legisladores estatales tuvieron la oportunidad de criminalizar el tráfico de boletas ausentes el año pasado pero no lo hicieron. La única ley que lo castiga es una ordenanza local.
Mas allá del problema legal, el fraude en las boletas ausentes es un drama humano como demuestran las excelentes entrevistas publicadas en este periódico por Melissa Sánchez y Enrique Flor a los votantes de la tercera edad que entregaron sus boletas ausentes a las presuntas boleteras. Estas crónicas revelan no sólo abusos intolerables sino necesidades urgentes a las que nadie responde en esta comunidad. Miles de ancianos no tienen a nadie que les ayude a sobrevivir en un mundo tan hostil y complejo como el de las campañas electorales.
Mas allá de cambiar la legislación y educar a electores y “asesores políticos” en esta materia hay una forma fácil de combatir el fraude de las boletas ausentes: ir a votar en persona, acercarse a las urnas. Los grandes culpables en esta larga y penosa historia que estamos condenados a seguir repitiendo son los que no votan ni en las urnas ni por correo. En las últimas elecciones sobre temas condales hace seis meses el 83 por ciento de los votantes inscritos en Miami-Dade no ejerció su derecho al voto. Vamos a ver qué pasa en las elecciones que viviremos la semana entrante. Por el momento convendría no echarle la culpa de todo este reciente entuerto preelectoral a un par de humildes mujeres que todos niegan conocer pero a las que quieren crucificar.

























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