La Bestia, el reciente proyecto de la reconocida fotógrafa española Isabel Muñoz, es una muestra itinerante ahora expuesta en el Centro Cultural Español de Miami que lleva al espectador hasta el borde de uno de los pasadizos infernales de la tierra. Fue realizada en una de las rutas más violentas de esa marejada humana que se desplaza desde Centroamérica hacia los Estados Unidos. La serie fotográfica toma como título el sobrenombre del tren que se desplaza rumbo norte, dejando en distintos tramos a los inmigrantes ilegales que buscan desesperadamente una segunda oportunidad.
La Bestia de metal, es decir, el tren, es implacable. El porcentaje de accidentes fatales, como le ocurrió a uno de los hombres que quedó mutilado al descolgarse del tren involuntariamente y que Muñoz fotografía mirando de frente la cámara, impasible y sin piernas, acomodado sobre los rieles en algún punto nocturno de la ruta. A esto se suman las cifras de los asesinatos para despojar a los viajeros de sus mínimas posesiones o el omnipresente riesgo de la violación. Las mujeres que abordan el tren de carga son tan conscientes de esa posibilidad, que antes de subirse toman anticonceptivos para evitar un embarazo indeseado, según los testimonios recopiladas por el periodista salvadoreño Oscar Martínez, quien junto con los video-artistas Andrés Villalobos y Eduardo Olivera, acompañó a Muñoz en esta ruta tenebrosa.
Esta serie de fotografías muestra la intimidad de los rostros y el retrato de objetos personales que contienen una impresionante carga afectiva lo que a su vez tiene el poder de hacer reaccionar al espectador. Una de las características del trabajo de Muñoz es que, habiéndose formado como reportera gráfica, no va a la caza del instante decisivo ni toma imágenes furtivas sin el consentimiento de los fotografiados. Su documentación supone siempre el permiso, la complicidad otorgada por los protagonistas, y es justamente el formato del retrato lo que es inusual dentro del género documental, y lo que torna tan conmovedora esta serie.
En la mayoría de las fotografías en las cuales hay un personaje o un pequeño grupo de personajes, estos aparecen mirando directamente a la cámara, exponiendo voluntariamente su historia, dejándose fotografiar los tatuajes, las marcas, los gestos que contienen la clave de ese momento decisivo en el cual posan.
Pero las fotografías de Isabel Muñoz eluden el peligro de las imágenes documentales que parecen solazarse en lo que Susan Sontag llamó certeramente el dolor de los otros: su recreación es cruenta, desnuda, pero salvaguarda siempre la dignidad de quien posa. Lo que desata no es un proceso de victimización sino de identificación. Algunos retratos son de hecho desafiantes; otros, comunican esa noción de proximidad que permite al que mira, así sea por un instante, el genuino sentido de la compasión que es sentir como propio el dolor del otro.
En ese sentido esta exhibición, que forma parte del proyecto en red Migraciones: Mirando al Sur, para contribuir al reconocimiento de los derechos de la población migrante centroamericana, cumple su propósito. Es decir, incomoda, nos arrastra hacia la zona de un tránsito que no sólo involucra a hombres jóvenes, sino a niños que cargan sobre los hombros una historia que los sobrepasa.




























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