Como en este país todo, por fortuna, está a debate, no podían ser una excepción las Olimpiadas o, mejor dicho, los uniformes que vistieron los atletas norteamericanos en la inauguración y los que visten en otras ocasiones especiales durante las competencias de Londres. Pues resulta que, a nombre de la americanísima Ralph Lauren, los fabricaron nuestros primos, los chinos, y no, como hubieran querido muchos norteamericanos, costureros y costureras de Pensilvania, de Ohio o por lo menos de Hatillo, Puerto Rico. El asunto ha mosqueado a más de uno en el Congreso, donde Harry Reid, atrabiliario líder de la mayoría demócrata del Senado, famoso por su mal genio y su corta mecha entre los de mi gremio, ha pedido que “recojan todos esos uniformes, los coloquen en una pila y los quemen’’. Y ha dicho que es preferible que los atletas norteamericanos se exhiban con simples camisetas con las letras USA “escritas a mano’’. Exabruptos como esos forman parte de un nacionalismo económico que a menudo levanta su fea cabeza en este país y del que suelo distanciarme como de la peste. Pero hoy quisiera matizar sobre el asunto porque soy de los que consumen lo chino -consumirlo es inevitable- con mala conciencia y peor talante.
El nacionalismo económico es una propuesta autodestructiva o self-defeating, como se dice en inglés, porque nos hemos globalizado hasta las tamboras y todos dependemos más o menos de todos y hacemos negocios con casi todos. A la cabeza de esa movida marcha hoy, y ha marchado siempre, desde el primer día, Estados Unidos. Por eso suena contradictorio y contraproducente el ponerse a tronar desde el Congreso o desde cualquier otra parte en este país contra el consumo de productos hechos en el extranjero. En las mismas Olimpiadas, sin ir más lejos, los nuestros llevan chándales, medias y zapatillas deportivas made in China, pero los otros llevan tenis Nike y utilizan equipos deportivos made in the USA. Inclusive los chinos, que, aunque sean muchos, no lo fabrican todo. Al menos por el momento. Y hasta nuevo aviso.
Lo que sí joroba la pita es que los uniformes de marras, que suelen exhibirse en los momentos más simbólicos de la competencia olímpica, como en la recepción de medallas, se hayan hecho en un país que a su vez simboliza lo peor para los trabajadores del mundo entero, empezando por los chinos: la falta de libertad sindical, la negación de los derechos laborales básicos, la explotación más descarada y cruda, los laogai o campos de trabajo forzado, la pura esclavitud disfrazada o encubierta en un artero lenguaje humanista. Y joroba también que, a la luz de la controversia, el Comité Olímpico de EEUU. se haga el sueco e intente cambiar los temas centrales del debate. “Estamos orgullosos de nuestros patrocinadores como Ralph Lauren’’, dijo, por ejemplo, Patrick Sandusky, portavoz de ese comité, quien de paso veladamente regañó a Washington por dejar en manos privadas el financiamiento de nuestros equipos olímpicos.
Más atinada y constructiva ha sido la reacción de Ralph Lauren. Luego de su irremediable metedura de pata, la empresa ha prometido “entablar un diálogo’’ con los líderes políticos que la han criticado para explorar oportunidades de aumentar la manufactura en Estados Unidos. Y de eso se trata fundamentalmente. Mientras nuestros atletas olímpicos se pasean por Londres con uniformes hechos en China, se han perdido o permanecen vacantes unos 600,000 puestos en la industria textil. La polémica debería reactivar el diálogo nacional sobre qué medidas concretas podrían adoptarse para proteger a los trabajadores desplazados por el “ outsourcing’’ que de manera sistemática está exportando millones de plazas laborales al extranjero.
Repito. Estados Unidos ha sido y es el líder de la globalización. Pero, para seguir siéndolo, necesita demostrar que ésta rinde dividendos no solo para un puñado de empresarios y comerciantes, sino para todos los norteamericanos, incluyendo a los trabajadores y consumidores. Esto se ha hecho más evidente e imperativo con la persistente crisis económica. La discusión sobre los uniformes hechos en China debería servir para elevar el perfil de los norteamericanos que han perdido sus empleos no por su culpa, sino a causa de una economía en crisis y de los efectos indeseables de la globalización; y para debatir propuestas que alivien o remedien su difícil situación.





























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