En un recorrido a campo traviesa con su hijo de 11 años en el 2007 para instalar la primera cabaña en su nueva empresa de construcciones prefabricadas, Andrew Kelly pasó por una pequeña cabaña de troncos, la del tipo usada en el oeste para albergar establecimientos comerciales, tiendas de armas o cualquier cosa que pueda prosperar al lado de una carretera. Estaba sucia, con papel de techo con alquitrán, el asfalto acercándose a su portal y un charco viscoso alrededor de uno de sus lados.
Kelly tomó una foto y la colocó en un blog que comenzó para hacer la crónica de su viaje. Lo llamó chistosamente: Mi Competencia.
Cinco años después, el diseñador industrial autodidacta de Miami y su esposa, la diseñadora de muebles Gayle Zalduondo, están en camino de establecer lo que podría ser la primera boutique exitosa de construcciones prefabricadas ecológicas, Cabin Fever. Ellos ya completaron 48 cabinas en una estación de transbordadores en Homer, Alaska, para los trabajadores en el lujoso centro turístico David Copperfield en Bahamas, donde las reservaciones comienzan en $37,500 diarios. Otros proyectos en desarrollo incluyen un centro de acampamiento en San Diego y un desarrollo de viviendas comunales en el Panhandle.
En los seis primeros meses del año, la pareja dice que ha logrado más de $1 millón en ingresos y ha vendido unas 20 estructuras pequeñas, incluyendo un espacio comercial convertido en vivienda de dos pisos, una clínica y las viviendas para los trabajadores de Copperfield que Kelly supervisaba a principios de este mes.
“Es innovador, progresista, artesanal y apropiado en Miami”, dijo Andrew Frey, un director de urbanizaciones con CC Residential, la empresa multi familiar de Armando Codina, a la vez de ser un abogado sobre el uso de la tierra. Frey, quien también da clases en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Miami, está abiertamente enamorado de las cabinas.
“Si le dices a la gente en Miami que hay accesorios de estructuras prefabricadas que cumplen con los códigos de huracanes”, dijo, “van a enloquecer”.
Las cabinas, construidas en un almacén de 12,000 pies cuadrados en el Pequeño Haití, van en tamaños de 120 a 800 pies cuadrados, y cuestan entre $20,000 y $80,000. También se pueden hacer a la medida para un mayor espacio. Los clientes las han usado para oficinas, viviendas de huéspedes o incluso pequeñas viviendas. Varios músicos las han adquirido para estudios de música en el patio trasero, mientras que un cliente que Kelly describió como del tipo que “usa la tarjeta de crédito” instaló una cabaña en Nuevo Mexico. El lugar era tan remoto que no tenía una dirección, sólo coordenadas para el GPS.
Hechas de acero reciclado que “ya había pasado por varios ciclos como autos o refrigeradores”, las cabinas son brillantes y aireadas, con madera de arce en las paredes, vigas del techo a la vista y ventanas tipo triforio. Las que se usan para viviendas, como las del centro turístico Copperfield, incluyen una cocina Ikea con un mostrador, un baño con ducha y una lavadora y secadora de ropas en un closet. La cabaña del personal de Copperfield incluirá un closet de tamaño más grande, dijo Kelly.





























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