En su artículo “Tuve un Sueño’’ (Perspectiva del 6 de agosto) el señor Oscar Peña elabora lo que desea para una Cuba futura a través de palabras de Raúl Castro. La supuesta alocución de Raúl es solo un “canto de sirenas”, donde una sirena comunista canta con letras adaptadas del colectivismo marxista. Los regímenes citados como ejemplos, China y Vietnam, son espejismos donde solo existe un capitalismo dirigido por un estado totalitario que permite una limitada, dominada, y supervisada férreamente industria privada. El gobierno central, corrupto e ineficiente, continúa siendo dueño de la infraestructura y la banca, y si se observa progreso este logro no es difícil cuando no existen leyes, libertades individuales, ni ningún otro freno democrático.
El costo de estos “proyectos”, que tanto admiran los que desean seguir mandando engañosamente, no puede continuar siendo subvencionado por una moneda manipulada e inexorablemente, como siempre ha sucedido, llegara al fracaso. Mientras tanto, los habitantes de estos países siguen sin derechos civiles y no logran el fruto de sus trabajos. La idea ingenua de que los trabajadores “serán los dueños y las ganancias repartidas entre ellos” falla cuando no se consideran las ambiciones de los “repartidores”. La realidad fundamental que se pierde en este escrito es que no existe ningún modelo político y/o económico que pueda persistir, que no esté basado en una absoluta libertad individual.
La propia naturaleza determina y garantiza su continuidad en el hecho de que no existe igualdad. Todos somos únicos y el único derecho que tenemos es el mantener nuestra individualidad. Los fundadores de este país entendieron esta condición universal y determinaron que la única garantía seria de oportunidad, pero las riquezas, salud, educación y demás, eran responsabilidades de cada uno y no colectivas. A su vez, los intereses comunes se resolverían principalmente por pequeños grupos, comenzando por las familias y como último recurso por el gobierno central. El mejor consuelo para el amigo Oscar es acordarse del soliloquio del Rey Segismundo en la obra de Calderón de la Barca: “Los sueños, sueños son”.
Fernando J Milanés MD
Miami





























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