Hablar de reconciliación en la Cuba presente, si no se trata de una burla, parece un desafío a la dura realidad. La gerontocracia militar está aferrada al poder. Esa es la premisa existencial de nuestra terrible realidad y hace recordar el proverbio que señala, “si entiendes las cosas, son así. Si no las entiendes, son así”. Enfrentar las cosas como son es el más difícil reto de la isla trágica.
El debate sobre la reconciliación, alentada recientemente por el Cardenal Ortega, en pleno despliegue de la brutal represión desatada por la dictadura militar cubana, equivale a exigir el vuelo a un ave sin alas. Porque la reconciliación implica como mínimo, la intensión de combinar el arrepentimiento con el perdón.
El término es la unión del prefijo “re” con el verbo “conciliar” que tiene sus raíces en el latín conciliatus. En sus orígenes, reconciliación tenía un sentido religioso y se refería al culto de los creyentes que buscaban en el arrepentimiento de sus delitos o pecados, el perdón y el regreso a la gracia de Dios.
En el salmo Miserere se recoge el sentido trascendente del acto de arrepentimiento, esencial en el proceso de reconciliación que en síntesis dice: “mi delito yo lo reconozco…lávame a fondo mi culpa…por tu inmensa ternura borra mi delito”. En el código de Derecho Canónico la Iglesia Católica señala el estricto proceso que exige la reconciliación.
Pero en términos políticos no se ha podido definir con claridad el concepto de reconciliación. Para algunos expertos en solución de conflictos, es imprescindible que los reunidos en el conciliatus tengan derecho a discutir los agravios con absoluta libertad, sin que les hagan actos de repudio.
Esto implica varias interrogantes: ¿Es posible la reconciliación cuando el criminal pretende ignorar la culpa y no aceptar la necesidad del arrepentimiento? ¿Están los militares dispuestos a reconocer sus crímenes? La respuesta ha sido dada en más de cincuenta años de brutal dictadura.
Esa es la realidad que enfrentan los cubanos. La corrupta cúpula militar no se ha mostrado nunca dispuesta a aceptar los elementos esenciales de la reconciliación que enlaza tres etapas. Reconocer el delito, admitir la culpa, y pedir perdón. En este caso la victima es el pueblo de Cuba, cuyas libertades ciudadanas y derechos humanos son sistemáticamente violados por los corruptos militares y el partido comunista.
“Las cosas son así” en esa Cuba de la doble moral, el miedo y la mentira. La realidad es inmutable. Raúl Castro insiste que el dogma “científico” del socialismo es infalible y no es negociable”. Así con toda claridad queda establecido que la intransigencia ideológica no admite la reconciliación con las victimas.
En el caso de los exiliados políticos, debemos evitar confundir la nostalgia con la Cuba del recuerdo que no existe. La destruyeron y no queda nada. Ni las cenizas. Además la reconciliación con los asesinos, que no admiten el crimen, sería como el peligroso viaje de quien camina satisfecho sin saber donde y cuando lo van a ejecutar.
La revolución cubana, más que un fracaso, es un enfermo que se pudre antes de morir pero que le queda aliento para matar. Este engendro monstruoso de prepotencia y maldad tuvo la fuerza de la mitología que falsificó una esperanza antes de deshonrarse por sus crímenes.
Lo que Cuba necesita es vida nueva, limpia, cargada de ideales de la libertad, jóvenes capaces de reinventar una patria que no practique dogmas excluyentes, que cultive el espíritu de justicia, donde todos los ciudadanos tengan el derecho a disentir públicamente sin temor a represalias. El camino de la reconciliación pasa por las nuevas generaciones, que no tienen que admitir crímenes, ni pedir perdón. Así de difíciles están las cosas en la isla trágica.
Historiador, abogado, y asesor principal del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos de la Universidad de Miami.




























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