¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿Por qué seguimos leyendo historias de amor aún cuando sospechamos de qué manera terminarán? Tal vez porque seguimos manteniendo la ilusión como de tantas otras cosas en esta vida de que habrá otros finales, otros maneras de decir adiós, probablemente. Que antes de que la rutina pudra eso que alguna vez fue deseo, todas las películas de amor mundiales, como bien dice el poeta Fabián Casas, la cordura ganará por sobre la pasión. Que la carroza no se transformará en calabaza. Beatriz Rivas y Federico Traeger parece que han escrito Amores adúlteros antes de escuchar las doce campanadas mágicas.
En esta novela los escritores mexicanos presentan, con una prosa seductora y fondo autobiográfico, el romance entre una hombre y una mujer, ambos con pareja, hijos y otros compromisos sociales. Lo autobiográfico se desprende de que alguna vez, en su juventud, Rivas y Traeger fueron novios. Tal vez como una manera de exorcizar o jugar con los malos entendidos, las entrelíneas, la historia sea así más seductora, otro artificio que se celebra. Así y todo, los amantes del libro no tienen nombre, sólo se los conoce como Él y Ella.
Esa mañana, Él bajó las escaleras oliendo a Ella. Caminó por la avenida sintiéndose dueño de su vida, ligero, con ganas de tener una guitarra para ir tocando y cantando. Entró a una cafetería; fue el primer comensal. Se le notaban los besos en la mirada y el whisky en la sonrisa. En tanto esperaba su desayuno, imaginaba que Ella estaba enfrente. Más tarde llegó a su hotel, se tiró sobre la cama y la pensó, mientras su cuerpo se fue hundiendo despacio en una sensación difícil de describir pero parecida a la certidumbre de haber encontrado algo especial.
Aquí el lector es una suerte de espía, conserva el tipo de mirada de un voyeur en vacaciones. El único que se mete es el narrador, ese monstruo de dos cabezas románticas que han creado Rivas + Traeger. La novela se lee rápido, tal vez demasiado rápido, ya que está compuesta de 127 capítulos breves entre los que se intercalan 27 fotografías que ilustran previsiblemente algunas circunstancias de los protagonistas: sábanas desordenadas, el perfil de una mujer, preservativos, una taza de café manchada de rouge, manos entrelazadas mostrando lo inevitable: los anillos de matrimonio.
En el libro también se leen frases de este tipo: Espero que tus párpados, al separarse, reciban un día tan hermoso como el paisaje de tus pupilas. Ella: ¿Por qué quieres besarme? Él: Para quedar zurcido a tu cuerpo. Los protagonistas de Amores adúlteros, como se ve, caen en lugares comunes y a veces son estúpidamente graciosos. Pero no es un error. Si lo pensamos, los hombres y mujeres también se definen por sus debilidades.
También leemos historias de amor, más allá de los finales conocidos, porque logran tocar algo en nuestra sensibilidad, traer un recuerdo que se creía ya muerto, o reelaboramos aquello que probablemente nunca existió. Beatriz Rivas y Federico Traeger entregan una novela con una historia repetida, pero con una buena dosis de seducción, aquella que es necesaria para mantener con vida las promesas (que jamás se harán realidad) de los
amantes. •



























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