SANTIAGO DE CHILE -- El apellido, el barrio y el colegio en que estudió son elementos suficientes en Chile para clasificar a una persona en una clase social, una estratificación que se refleja en el clasismo que ha perdurado durante siglos y que está incorporado al ADN colectivo.
“El clasismo tiene su origen en la conquista española, se mantiene durante la República y hoy en día se expresa en la tremenda desigualdad en la distribución del ingreso, pero también en la educación y en el mercado laboral”, explica a Efe el sociólogo Manuel Antonio Garretón.
Para retratar esa segmentación, en Chile se utiliza desde los años 80 una convención internacional que divide a las clases sociales en ABC1 (cúspide del sistema), C2 y C3 (clases medias), D (pobreza) y E (extrema pobreza).
La clave está en que la diferencia entre los extremos es especialmente acusada: según cifras oficiales, en el 2011 los ingresos del 10 por ciento más rico eran 35.6 veces superiores a los del 10 por ciento más pobre.
Chile es, de hecho, uno de los países con mayor desigualdad del mundo, con un 0.52 en el índice Gini.
A través de esa pirámide se transmite la discriminación por clase, “una discriminación de base que es transversal y aceptada por todos”, afirma a Efe el periodista Óscar Contardo, autor del libro “Siútico: Arribismo, abajismo y vida social en Chile”.
“No se trata solo de que discriminen los poderosos, sino también los que son menos poderosos con los que están más abajo. Y esa actitud se manifiesta en múltiples escenarios, desde el lenguaje hasta los apellidos”, precisa.
Todos saben qué apellidos “son buenos”, recalca. Estos suelen tener origen extranjero, principalmente vasco, pero también inglés, alemán o italiano, y “eso influye en los procesos de selección”.
El clasismo incorpora también un componente racial: “Si uno compara estadísticas de autopercepción, la gran mayoría dice que se considera blanco, aunque sea evidentemente mestizo con rasgos indígenas”.
En ese imaginario social se asume que un ABC1 vive en el sector oriente de la capital, en comunas (distritos) como Las Condes, Vitacura o Lo Barnechea y lleva a sus hijos a determinados colegios donde solo se relacionan con sus pares.
“El sistema educativo y las ciudades son elementos reproductores del clasismo”, recalca Garretón.
Según este sociólogo, “el que nació en una determinada familia o en una zona apartada sabe que sus oportunidades para ser como quienes nacieron en un sector acomodado son muy bajas y, a la vez, éstos saben que tienen un privilegio que asumen como natural”.
En los colegios, ellos tejen las redes sociales que después les asegurarán el éxito profesional.
No es extraño, de hecho, que muchos políticos o empresarios chilenos hayan estudiado en las mismas aulas y hayan compartido almuerzos de domingo o veranos en la costa.
Para esas escapadas prefieren las playas de Zapallar, Cachagua o Papudo, en el litoral central, o las orillas de lagos del sur.
En sus casas, algunas con frondosos jardines, cuentan con sirvientas que viven con ellos, las llamadas “nanas de puertas adentro”, un fenómeno que el director Sebastián Silva retrató en la laureada y aplaudida cinta “La Nana”.




























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