No es un secreto, la ópera florece cada verano en el desierto de Nuevo México. La infalible combinación de títulos infrecuentes y estrenos mundiales con clásicos del repertorio, la calidad de las producciones y el concurso de consagradas o ascendentes figuras de la lírica mundial hacen del Santa Fe Summer Opera Festival una meca donde convergen públicos de todas latitudes. El entorno rivaliza en espectacularidad con el soberbio teatro al aire libre con capacidad para 2,000 espectadores; las representaciones comienzan con la puesta de sol sobre las montañas Sangre de Cristo, y la astuta programación permite ver tres óperas en un fin de semana o las cinco del festival en una.
Este verano, a Tosca y Los pescadores de perlas, se sumaron tres importantes novedades: el estreno mundial de la edición crítica de Maometto II de Rossini, Rey Roger de Karol Szymanowski y Arabella, que marcó el retorno de la compañía a las óperas de Richard Strauss de las que ha sido baluarte americano desde su fundación.
Ultima colaboración del binomio Strauss-Hofmannsthal, en Arabella (1933) las inconsistencias de su trama hallan justificación en la partitura straussiana y sus intermitentes picos de lirismo que la ubican junto a sus hermanas mayores.Tim Albery optó por trazar una puesta detallada y glacial, donde los escenarios grises de Tobías Hoheisel sugirieron un imperio irremediablemente marchito y contribuyeron a la distante sensación general. Con los medios adecuados, Erin Wall fue una correctísima protagonista bien acompañada por Mark Delavan, un Mandryka rural y desenvuelto. Como Zdenka Heidi Stober fue lo mejor de la velada y Kiri Deonarine defendió la coloratura de Fiakermili. Brillaron los tenores Zach Borichevsky (Matteo) y Brian Jadge (Elemer) y las contribuciones de los veteranos Victoria Livengood y Dale Travis. Aunque irreprochable, la dirección de Sir Andrew Davis no terminó de concitar la esencial magia straussiana capaz de dejar una impronta indeleble.
Paradojal que esta recién sea la segunda escenificación del Rey Roger en Estados Unidos. Hermética, exótica, tortuosa, fascinante; con su multifacética carga de ambigüedad y misticismo, la magistral creación de Szymanowski actúa como ritual purificador del enfrentamiento del protagonista consigo mismo. La perturbadora aparición de un dionisíaco pastor en la corte del rey, no lejos del Teorema de Pasolini, desatarán acontecimientos que llevarán a su iluminación. Por una vez, la Sicilia medieval se oscurece eclipsada por la angustia de los entramados musicales del compositor y sus lejanos ecos de Schreker, Debussy y Scriabin. Paladín de la obra y motivo de la puesta, el barítono polaco Mariusz Kwiecien revivió su referencial Roger con absoluta naturalidad actoral y vocal bien secundado por Erin Morley (Roxana), Dennis Petersen (Edrisi) y en destacado pendant, el tenor miamense William Burden (pastor) demostrando una notable evolución vocal hacia lo heroico. Consciente de la responsabilidad que implicó la literal presentación de la ópera al público americano, Stephen Wadsworth prefirió explorar e iluminar la complejidad de los personajes resultante del oscuro tapiz polifónico del compositor polaco. Sagazmente unió los tres actos en uno y bocetó una suerte de tríptico bizantino-oriental-grecorromano que permitió apreciar en 90 minutos la evolución de la figura central. Broche de oro la notable dirección del joven Evan Rogister, un nombre para tener en cuenta.




























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