El domingo 5 de agosto, una persona armada (otra), abrió fuego en un templo Sij de Oak Creek, en Wisconsin, matando a seis personas e hiriendo de gravedad a tres, entre estas uno de los policías que acudió a la llamada de emergencia. El asesino, al verse herido y acorralado, se suicidó. Era un ex integrante del Ejército, que había hecho parte de grupos neonazis. Y que había comprado legalmente la pistola con que cometió su crimen. Comprada legalmente, una vez más, el arma con que un asesino mató inocentes. Todo por la Segunda Enmienda.
Cuando los Padres Fundadores de este país inscribieron en la Constitución el derecho de las personas a portar armas, lo hicieron en un tiempo en que las pistolas y las escopetas disparaban una esfera pequeña de plomo, y para recargarlas se podía tardar más de medio minuto.
Hay quienes interpretan que lo hicieron, además, en una época en la que la posibilidad de una invasión seguía latente. Por eso el derecho a hacer una milicia armada, para que rechazara posibles hostigamientos extranjeros. La cuestión es que esa milicia ya existe. Se llama el Ejército de los Estados Unidos y es la más poderosa máquina de guerra que se haya construido en la historia de este planeta. Los diez países que le siguen, sumados, no alcanzan la magnitud del Ejército de los EEUU. No hay loco en el mundo al que se le ocurra que puede intentar invadir este país, ignorando que garantizaría la destrucción inmediata del suyo.
Y no me refiero solo al pie de fuerza, y a los fusiles, dotación y entrenamiento de avanzada que reciben los soldados, sino a la tecnología, y a los aviones, barcos, submarinos, tanques de guerra y helicópteros, y a los misiles y armas nucleares, con los que cuentan. Si con todo eso, y con todo el presupuesto anual que se invierte en su mejoramiento y sostenimiento, todavía se necesita que los ciudadanos anden armados para repeler un ataque extranjero, me temo que alguien tendría que revisar en qué se están gastando el dinero,.
Pero no es así. Porque de enfrentarse a una invasión extranjera, bastaría ese ejército para mandar a cualquiera a su casa sin trofeo de caza.
Y esto me conduce al otro argumento que llevo varios días, desde la masacre de Aurora, escuchando: La tesis del tirano. Hay quienes interpretan que los ciudadanos deben tener libertad para armarse con fusiles, rifles de asalto, pistolas y metralletas, para que en el evento de que un dictador se tome el poder, puedan defenderse. Asumo, que si un dictador se toma el poder, es porque o tiene el respaldo del ejército, o lo derrotó. De cómo ese tirano derrotó a la máquina de guerra descrita arriba, no lo sé. Se me hace imposible. ¿Dónde habría escondido los aviones, las fragatas, los helicópteros? ¿Dónde, hoy, cuando un satélite, precisamente de la inteligencia de este país, puede ver, desde el espacio, la cara nítida del criminal que están buscando en medio del desierto?
Así que tendría que tomarse el poder teniendo al ejército de su lado. Lo que conllevaría al escenario aquel, cuando las personas que compraron sus armas en las tiendas que las venden legales, saldrían a defenderse del tirano. Pero, ¿cómo, con pistolas, fusiles, rifles de asalto, metralletas, chalecos antibalas, miras infrarrojas, visores nocturnos, granadas de humo, y todo ese arsenal asesino que venden en las tiendas con la excusa de la caza deportiva o la tesis del tirano, se pueden combatir aviones de guerra capaces de descargar toneladas de explosivos sobre una ciudad en tres segundos? ¿Cómo un hombre de familia armado con un rifle puede enfrentarse a los soldados profesionales mejor entrenados del planeta? ¿Hasta cuándo permitiremos que estas máquinas de avaricia sigan destruyendo nuestras vidas, basados en interpretaciones irracionales que cuesta creer que todavía las crean personas mayores de trece años? Solo falta que nos digan que nos invadirán extraterrestres.
Son esas corporaciones que quieren comprar a la Casa Blanca, el Capitolio y la Corte Suprema, las verdaderas amenazas a la democracia. Unos tiranos que con tal de vender un producto son capaces de engañar, sabotear, corromper, pagar por cambiar leyes, antes que mirarse en el espejo de la conciencia.
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