Acabo de regresar de La Habana en lo que el operador turístico calificó de intercambio cultural con licencia.
Como residente de Miami desde hace muchos años, un gringo con pasaporte estadounidense y sin familiares en Cuba, aproveché la oportunidad de visitar la controversial nación insular para ver personalmente cómo son las cosas en Cuba.
Quería ser capaz de leer el Herald y hablar con mis amigos cubanoamericanos con una perspectiva directa propia. Salí hacia Cuba con una mente completamente abierta. Regresé de Cuba tras recibir un bombardeo de propaganda procastrista, revisionismo histórico, exageraciones, insultos y varias mentiras burdas durante ocho días, convencido de que el gobierno cubano y sus secuaces eran, en efecto, enemigos de Estados Unidos, con un odio particular hacia Miami y su gente.
Peor: nada cambiará jamás. A la amable gente de Cuba se le niega acceso a Internet para que no comparen las informaciones del único periódico, el diario oficial Granma. Los cubanos educados, la clase media de 40 y tantos años de edad, han sido totalmente adoctrinados para que sigan la línea dura de los Castro y gobernarán a Cuba dentro de 30 años exactamente de la misma forma tiránica actual.
Felizmente, como le señalé a un joven diplomático cubano que nos dio una charla sobre nuestra maldad, “en la actual situación mundial, Cuba no tiene importancia. Hagan lo suyo”.
Cuba ofrece excelentes habanos, un ron aceptable y muy poco más. Tristemente, algunos de mis compañeros de viaje sin mi perspectiva aceptaron la propaganda. ¿Yo? Con lo que he visto, oído y aprendido en ocho días en La Habana, votaré por mantener para siempre nuestro embargo, que los portavoces cubanos odian con pasión.
Mark Shyman
Miami Beach




























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