Kathleen Mary Mulcahy Miskell empezó a tomar clases de baile cuando tenía 3 años, fue voluntaria de Hábitat para la Humanidad, trabajó en orfanatos en Honduras y organizó ligas juveniles de fútbol irlandesas. Ayudó a enseñar a muchachos de escuela intermedia, estaba estudiando para una maestría, estaba casada y acababa de comprar una casa.
Era el tipo de mujer que quería probarlo todo, dijo su padre, James Mulcahy, un viudo retirado de Manchester, Connecticut, quien ayudó a criar a Kathleen, de 28 años, y su hermana mayor, Erin, de 30, luego de que la madre de ambas murió hace 12 años.
De modo que cuando Kathleen tuvo la oportunidad de probar el parapentismo esta semana mientras pasaba unas vacaciones en el sur de la Florida, llamó a su padre para decirle lo contentos que estaban ella y su esposo, Stephen, de 31 años, ante la perspectiva de flotar ingrávidos sobre el océano, como aves sujetas a un gigantesco papalote circular.
Pero la tarde del miércoles, en un punto muy por encima del Océano Atlántico, Kathleen Miskell perdió sus alas.
Fue la última vez que hablé con ella, dijo su padre, recordando la llamada de su hija esa mañana.
Mientras volaba en tándem con su esposo, en una excursión dirigida por Waveblast Water Sports de Pompano Beach, el arnés que la sujetaba a una barra que a su vez estaba sujeta al parapente falló, según las autoridades. Y Miskell se desplomó desde una altura de unos 200 pies el equivalente de 20 pisos hacia el océano, mientras su esposo la miraba impotente.
Fue encontrada flotando boca abajo en el agua, y los intentos para revivirla no tuvieron éxito.
El jueves, mientras su familia en Connecticut recibía afligida la noticia, investigadores de la Comisión de Conservación de la Flora y la Fauna de la Florida, la Guardia Costera y otras autoridades se dieron a la tarea de analizar el accidente. Líderes gubernamentales y legisladores hicieron de nuevo un llamado a la regulación de una industria que, durante décadas, se las ha arreglado para evitar toda supervisión.
De hecho, en la Florida, lo único que se necesita para tener un negocio de parapentismo es un barco, algunos equipos, seguro y un capitán de barco con licencia. Y, tras ponerse de acuerdo con el dueño de una propiedad para colgar un letrero en alguna parte, uno ya está en el negocio, y puede ganar hasta $300,000 o $400,000 al año por barco, según Mark McCulloh, considerado el padre fundador de los parapentes y quien es presidente del Consejo de Seguridad de Parapentistas.
No existen leyes federales ni estatales que se apliquen al parapentismo. No hay inspecciones, no se exige entrenamiento, y el equipo ni siquiera tiene que estar en buen estado. Y, de hecho, un operador de parapentes ni siquiera tiene que saber cómo operar un parapente antes de abrir su negocio.
El alcalde de Pompano Beach, Lamar Fisher, dijo que sus esfuerzos por conseguir que los legisladores regulen la industria cayeron en oídos sordos cuando él trató de hacerlo tras la muerte de Amber White, de 15 años, quien fue lanzada contra un edificio cuando una ráfaga de viento rompió la cuerda de su parapente en el 2007.






























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