Opinión

MIGUEL SALES FIGUEROA: Anticlímax olímpico

 

La prensa cubana, aquejada de triunfalismo crónico, ha glosado los éxitos de los deportistas nacionales en los trigésimos Juegos Olímpicos que acaban de terminar en Londres. La delegación de la isla obtuvo 14 medallas –5 de oro, 3 de plata y 6 de bronce– y terminó entre los primeros 20 países del mundo, cualquiera que sea el baremo con que se mida su desempeño.

Pero el incienso de los turiferarios y las cifras que pregonan ocultan una realidad menos brillante. La cosecha de preseas que los atletas cubanos obtienen en las Olimpiadas viene declinando desde los Juegos de Barcelona (1992) cuando alcanzaron el máximo histórico de 31 medallas. Los resultados posteriores –25 en Atlanta, 29 en Sidney, 27 en Atenas, 24 en Pekín– reflejan la decadencia paulatina de la fábrica de campeones del sistema castrista. Las 14 medallas de Londres sitúan a Cuba en un puesto similar al que alcanzó en Montreal hace 36 años, cuando ganó 13, con la diferencia de que entonces consiguió 8 oros y ahora sólo cinco. Con el agravante de que en esta ocasión todos los equipos colectivos quedaron eliminados en las pruebas clasificatorias.

En la década de 1960 el gobierno cubano (o sea, Fidel Castro) decidió que el deporte sería una vitrina propagandística de primer orden. Según el modelo soviético, el régimen realizó cuantiosas inversiones con el fin de maximizar la cosecha de medallas que pondría de manifiesto la superioridad del hombre nuevo forjado por el marxismo-leninismo en Cuba. Las escuelas primarias y secundarias especializadas, conocidas por las siglas EIDE, las de perfeccionamiento atlético (ESPA) y las múltiples variantes de los equipos nacionales, conformaron una estructura piramidal encargada de preparar a los futuros campeones olímpicos, sin parar mientes en el precio humano y económico que esos triunfos habrían de comportar.

La otra faceta de esa estrategia propagandística consistió en invertir recursos considerables en deportes que carecían de arraigo en el país y que en el resto del mundo tampoco se practicaban mucho, pero que aun así figuraban en el programa olímpico. Este esfuerzo ha sido la clave de algunos triunfos insólitos logrados por los representantes cubanos.

Las condiciones sui generis de la sociedad cubana de la época contribuyeron mucho al éxito inicial de esta política. Había en el país una gran tradición deportiva, los jóvenes disponían de pocas opciones de recreación, la distinción atlética generaba prebendas inasequibles para el ciudadano de a pie (viajes, ropa, comida segura y exención de penosas tareas “revolucionarias” como la zafra azucarera o las maniobras militares) y el prestigio social que alcanzaban los triunfadores abría oportunidades en la estructura del Estado.

Todo ese montaje funcionó mientras los subsidios soviéticos permitieron financiar el colosal despilfarro del régimen castrista. Desaparecida la URSS en 1991, la decadencia del deporte cubano era inexorable. A la disminución de recursos hay que añadir la fuga de numerosos deportistas y entrenadores.

Durante muchísimos años los exégetas del castrismo se complacían en comparar los resultados proporcionales de Cuba en los Juegos Olímpicos con los de otras naciones en las que imperaba el “deporte rentado”. Es decir, calculaban cuántas medallas por habitantes lograba el país, los resultados en función del PIB, etc. La conclusión ineludible era que el sistema cubano superaba con creces al de cualquier enemigo capitalista, en particular a Estados Unidos.

Pues bien, en los Juegos Olímpicos de este año, Jamaica, Trinidad-Tobago, Nueva Zelanda, Hungría y Australia han logrado más medallas por habitantes que Cuba. Y según el cociente resultante de dividir el PIB entre el número de preseas, el resultado de Jamaica es tres veces superior al de Cuba.

Paradójico destino ha tenido el deporte cubano. El régimen lo promovió mediante inversiones que ningún país democrático hubiera podido permitirse, porque iban en detrimento de otros sectores económicos más útiles o más necesarios, hasta transformarlo en una eficiente máquina de propaganda. Su declive refleja ahora la decadencia general del sistema de socialismo dependiente que los hermanos Castro implantaron.

Los resultados de esta Olimpiada parecen indicar que el castrismo nunca avanzará más rápido, ni subirá más alto, ni será más fuerte.

Ex preso de conciencia cubano.

©Firmas Press

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