Las elecciones que celebramos el pasado martes tuvieron muchos de los elementos de las películas que se estrenan cada verano: acción, sorpresas y zombis; pero sobre todo, de nuevo fuimos testigos del cáncer del fraude con las boletas ausentes.
Todos somos responsables de este bochorno, comenzando por los políticos que con contadas excepciones, como la comisionada Rebeca Sosa, no hacen nada por extirpar el fraude. Incluso, algunos miran con simpatía el espectáculo vergonzoso que se repite en cada cita electoral.
Es absolutamente bochornoso que ni las fiscalía estatal o federal, ni la legislatura estatal, ni los departamentos de policía, ni siquiera el gobernador Rick Scott que tiene tanto empeño en combatir el fraude electoral, hayan tenido la iniciativa que llevó a un investigador desconocido a destapar el escándalo.
Uno de los políticos locales que sabe tanto por diablo como por viejo me dice que la maquinaria de boleteros destinados a esta zafra indigna maneja unas 40,000 boletas ausentes, la mitad de las que fueron contadas en los comicios que acaban de concluir.
Según el ex alcalde de Hialeah Raúl Martínez, los principales consultores políticos de Miami-Dade, los que cobran por manejar las campañas de los candidatos con más plata, tienen un presupuesto especial para la cosecha ilegal que rinde fruto en cada ciclo electoral. Si tenemos en cuenta que en el año 2004 las boletas ausentes representaron el 10 por ciento de los votos emitidos pero que en los últimos comicios fueron cerca del 45 por ciento, podemos decir que muy pronto los ausentes podrán anular a los presentes.
La historia se repite pero no hacemos nada para evitarlo. Varias de las contiendas del martes han acabado impugnadas en la corte. En 1997 Joe Carollo se convirtió en alcalde de Miami cuando logró demostrar ante un juez que le habían robado la elección con un fraude masivo hecho con boletas ausentes.
Pero todo sigue igual o peor. Según Martínez, es hora que el Departamento de Justicia de los EEUU tome cartas en el asunto. Los federales tienen más recursos y menos conflictos de interés en esta urgente misión de rescate. Pero hace falta más. La legislatura estatal tiene que pasar leyes que castiguen a estos traficantes de votos, hoy en día estos boleteros cometen, en el peor de los casos, infracciones menores de las ordenanzas del condado que se castigan con multas de menor cuantía.
Los principales partidos deberían exigirle a sus candidatos que se comprometan a no utilizar esta táctica electoral. Activistas como el billonario Norman Braman, que invirtió medio millón de dólares en las últimas elecciones para tratar de amedrentar a los comisionados que no le caen bien, podría pagar un par de detectives privados para garantizar la integridad de este proceso o liderar otra campaña cívica para forzar legislación que castigue el fraude con dureza.
Pero los principales responsables del fraude y el escándalo somos nosotros mismos, los electores.
Nos felicitamos por una participación del 20 por ciento del electorado, ignorando que la democracia muere sin la participación ciudadana. Una democracia deja de ser tal cuando tres de cada cuatro electores rehúsa participar. En un intento desesperado por reanimar la moribunda participación, nuestros legisladores alentaron el voto por correo, precisamente para dar mas oportunidades. En abstracto es una buena idea: mandar la boleta a la casa para que al elector le sea más cómodo votar. Sin embargo, la buena idea se ha transformado en una pesadilla porque no aumenta significativamente la participación global pero dispara el fraude.
A los electores les corresponde la primera responsabilidad de lo que está pasando: a las personas que venden su voto y se prestan a la manipulación de los boleteros, y a los políticos que han descubierto que el voto ausente es una forma fácil de comprar los comicios.
La decisión más clara y básica de la última consulta electoral tuvo que ver con el reino animal, como en la famosa novela de Orwell. El martes los 82,000 votantes que como yo consideran injusto discriminar a los pit bulls, que como el famoso rapero del mismo nombre no son tan malos como los pintan, perdimos estrepitosamente. La gran mayoría, unos 141,000 votantes, decidió que más vale prevenir que tener que lamentar y mantuvieron vigente la prohibición que nos protege de las dentelladas del canino. El mismo argumento aplica a los boleteros porque más mordidas da el fraude que el perro, y si no hacemos nada, los boleteros, el desinterés de muchos y la estupidez de algunos votantes se comerán la democracia.

























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