Opinión

ARIEL HIDALGO: El llamado de los 300

 

Trescientos cubanos residentes en 27 países de América y Europa, sin excluir a Cuba, unieron sus firmas para apoyar el Llamamiento Urgente por una Cuba mejor y posible, la inmensa mayoría, intelectuales: profesores universitarios, escritores, artistas visuales, periodistas, economistas, médicos, abogados, ingenieros, politólogos, economistas y sociólogos entre otros, y lo más importante, de las más variadas tendencias ideológicas, entre ellas liberales, demócrata-cristianos y socialistas democráticos, abogando por un diálogo entre todos sus compatriotas para lograr una solución pacífica del conflicto cubano y por el respeto a derechos fundamentales como el de expresión, reunión y asociación, así como el de salir del país y regresar sin necesidad de permisos especiales. Se proclama el derecho de los ciudadanos a la actividad económica independiente, el de los trabajadores de las empresas pequeñas y medias, actualmente bajo el control del Estado, a convertirse en sus propietarios, y los de las grandes empresas a participar de la administración y de sus utilidades.

Se exige el cese inmediato de “la violencia, la intimidación y el acoso abierto o sutil contra quienes sostienen ideas que se apartan de las oficialmente amparadas”. Pero también se rechazan las injerencias e imposiciones de otras potencias extranjeras. “Nuestro país no debe estar supeditado a leyes de otro gobierno que nos afecten unilateralmente”. Y se aboga por la adopción de “una genuina política de paz y distensión internacional”.

El documento, fechado el primero de agosto, que alcanzó en poco más de dos semanas los tres centenares de firmantes, fue difundido en diferentes blogs, incluyendo dentro de Cuba, y recibió elogios de numerosos comentaristas, pero también ataques desde los ángulos más opuestos del espectro ideológico. Algunos pocos firmantes se retractaron. Si alguien, ante los primeros ladridos del odio, retira de una declaración su firma estampada pocos días antes porque, según dice, firmó “apresuradamente”, demuestra o una gran inmadurez o una cobardía vergonzante. Uno de ellos, incluso, no sólo había firmado sino que había colaborado haciendo llegar a los promotores del llamamiento, direcciones electrónicas de varios de sus colegas.

El diálogo que se proclama es entre todos los cubanos. No se excluye a nadie, porque siempre se deja una puerta abierta a la posible rectificación del opresor, aunque, a decir verdad, ninguno de los firmantes cree que los principales responsables se vean iluminados sorpresivamente por el Espíritu Santo y se arrepientan, en estado de gracia, de sus pecados –como aquel furibundo perseguidor de los cristianos que al caer del caballo en el camino de Damasco en medio de una revelación, se transfiguró en el apóstol San Pablo–, y decidan de una vez por todas dar la felicidad a doce millones de cubanos. Entonces, ¿diálogo con quién? “Con el pueblo no hay que dialogar”, sostienen muchos sin percatarse de que no puede sostenerse dictadura alguna sin el apoyo del pueblo o de una parte de él, ya sea por ignorancia, fanatismo, oportunismo o miedo. En todos los casos se trata de falta de una conciencia cívica que sólo puede generarse con la comunicación y el diálogo, como un candil que poco a poco va disipando las tinieblas, e incluso despejar, en la mente de quienes cuentan con mayores oportunidades para determinar el cambio, los temores a un revanchismo que constantemente anuncian, desde un cómodo exilio, las jaurías cavernarias.

El llamamiento termina advirtiendo que también una Cuba peor a la que ya existe es posible. “Las opciones están en manos de los cubanos y el tiempo de tomar decisiones sustantivas ha llegado. Quien hoy no dé los pasos para dar salida sensata a esta crisis no podrá responsabilizar a otros por lo que suceda mañana. Si en algo estamos de acuerdo es que el país está al borde del abismo”.

Infoburo@aol.com

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