Abundan noticias sobre padres y educadores que castigan cruelmente a los menores. Pero rara vez hacen prensa los niños malcriados que martirizan a sus progenitores y atormentan a sus maestros.
En tiempos no lejanos era práctica aceptable el castigo corporal. Cuando un pequeño no hacía caso a sus padres, éstos apelaban al alto valor persuasivo del cinturón y la cutara. Muchos adultos de pro agradecen hoy los saludables cintazos y chancletazos que recibieron cuando estaban en la inmadurez y rebeldía.
A algunos muchachos se les amenazaba con encerrarlos en un reformatorio. Había recursos menos drásticos, como las academias militares y los internados, sobre todo regentados por religiosos. No era raro que un matrimonio llegase a un colegio con hijo doceañero para confesarle al director: “Padre, nosotros ya no podemos con él; se lo traemos para que Uds. lo domen. Y si no obedece por las buenas, dénle duro; tienen nuestra aprobación”. Entonces primaba un principio pedagógico incontrovertible: “La letra con sangre entra”.
Muchos hombres hechos y derechos recuerdan con gratitud los colegios donde se educaron con mucha disciplina, incluyendo el reglazo y el halón de orejas. Quienes guardan peores recuerdos no son los que más se destacaban por su aplicación, aprovechamiento y conducta.
No abogamos por restablecer los castigos físicos. Sólo señalamos que los menores fácilmente le cogen la baja a sus mayores en estos tiempos en que la ley tanto los protege o sobreprotege.
Hace falta sabiduría para educar a los pequeños equilibrando amor y firmeza. Hay que mezclar una de cal y otra de arena.
Eduardo M. Barrios, S.J.
Miami


























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