El jueves se cumplirán 20 años de que una auténtica segadora de categoría 5, llamada huracán Andrew, dejó una estela de destrucción en el sur de la Florida como ninguna tormenta lo había hecho antes.
Más de 28,000 casas fueron destruidas y 107,000 sufrieron daños, lo que lo convirtió en el desastre natural más costoso en Estados Unidos hasta que fue superado por Katrina en el 2005. Quince personas murieron sólo en el condado Miami-Dade. Docenas más murieron durante los frenéticos meses de limpieza que le siguieron. Unas 180,000 personas quedaron desamparadas y 1.4 millones sin electricidad.
Pero los números no alcanzan a explicar el impacto de la tormenta. El sur de Miami-Dade parecía una zona de guerra durante ese inolvidable verano, con miles de tiendas de campaña, patrullas militares y los residentes con las armas al alcance de la mano.
Andrew tuvo como consecuencia un fortalecimiento de los códigos de construcción pero hizo que las primas de los seguros se fueran por las nubes. Obligó a una reorganización de las atribuladas agencias estatales y federales de respuesta a situaciones de desastre. Creo un auge en el sur de Broward y una huida en desbandada de la zona más afectada, donde el estrés llevó a un aumento en las tasas de divorcios, asesinatos y suicidios.
Y dejaría recuerdos en la memoria de una comunidad, algunos conmovedores, otros dolorosos y otros más hasta divertidos.
En la voces de la tormenta emerge un tema en común. Para comprender por completo la furia de Andrew, hay que haber estado aquí, aunque en realidad uno no hubiera querido haber estado.






























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