Lo que Andrew le dio a Robert Pike, una nueva esposa, Andrew se lo quitó más tarde.
Pike, entonces divorciado y padre de un niño de 10 años, había estado saliendo con una mujer durante unos seis meses cuando Andrew cayó sobre el sur de Miami-Dade. Preocupado acerca de la seguridad del tráiler en que ella vivía con sus dos hijos, Pike le ofreció como refugio su casa de Homestead.
Cuando todo terminó, sólo la casa de él quedó en pie, aunque muy dañada. El techo de un cobertizo había atravesado la contraventana para huracanes y la ventana, destrozando un cuarto. Una rama de árbol perforó una contraventana, la ventana y la cama de su hijo.
“Resultó ser un matrimonio de conveniencia”, dijo Pike, veterano maestro de ciencias de South Dade High que se retiró recientemente. “Tuvimos que vivir juntos”.
El estrés de rehacer sus vidas hizo oscilar matrimonios muy sólidos. Pronto estuvo claro, dijo, que el suyo no iba a durar mucho. En dos años ya todo había acabado.
“Si no hubiera ocurrido Andrew, dudo que hubiéramos continuado nuestra relación, pero ¿quién sabe?”
No obstante, Pike considera que la adversidad hizo de él un hombre más sabio, mejor y más positivo en la actualidad. Aunque el fuego romántico se apagó, él vio cosas esa noche tan extrañas y hermosas que a menudo ha pensado en pintarlas: arcos de chispas azules que salían del tendido eléctrico al romperse, inmensas murallas de nubes que parecían conjuradas por un estudio de cine.
“En cuanto a la experiencia de la vida, estuve muy cerca de la muerte, pero el sonido era maravilloso, las luces eran maravillosas. Y la relación, la lucha por rehacer las cosas, fue un reto terrible, pero también maravilloso cuando pienso en ello”.




























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