El viajero que quiere gastar su día paseando por una larga playa de arena blanca, aquel que prefiere explorar ruinas de las antiguas civilizaciones europeas, el peregrino religioso y quien decide esquiar o vagabundear entre aldeas perdidas en las montañas, pueden cruzarse en un punto único del Mediterráneo: Chipre.
Cuenta la leyenda que Afrodita, diosa del amor, la belleza y la fertilidad, emergió de las aguas del mar junto a una roca en la costa sur de Chipre, y dentro de una gigantesca concha, cargada por delfines, fue llevada a tierra. Desde entonces se le han levantado templos y oraciones a la deidad que repartió amores y parabienes y engendró hijos como Eneas, fundador de ciudades. Todavía hoy las más desesperadas mujeres viajan hasta esta isla en la última esquina del Mediterráneo para atar cintas en los árboles de los alrededores de la roca de Petra tou Romiou, en busca de una escapadiza fertilidad o de un esquivo amor. Nadar alrededor de la Roca de Afrodita, con luna llena, devuelve un año de juventud por cada vuelta, dicen.
Según el mito, Afrodita tomaba un baño en una gruta de aguas transparentes cuando se le apareció Adonis, y por eso el agua de la Fuente del Amor, restituye la juventud. Más aun, después de beber el agua del manantial uno se enamora de la primera persona que encuentra a su paso.
Si bien mitos como estos han traído hasta aquí a curiosos y peregrinos durante más de veinte siglos, la geografía y la historia traen hoy a varios millones de viajeros cada año, para recorrer un país que en apenas 240 kilómetros de largo (100 kilómetros en su parte más ancha), tiene extensas playas de arenas blancas, incontables sitios arqueológicos, antiquísimas iglesias ortodoxas y modernas ciudades y aunque la isla vive en verano casi todo el año, en invierno se puede esquiar en sus montañas.
Chipre está situada en ese lugar único en la geografía y la historia donde Europa se enlaza con Asia.
El moderno Chipre de hoy, con una población de apenas un millón de habitantes, es resultado de la herencia de griegos, romanos, turcos, venecianos e ingleses, porque por estas tierras han pasado todas las civilizaciones y todos los conquistadores. Docenas de ruinas romanas fueron levantadas sobre residuos de ciudades griegas anteriores; las mezquitas, resultado de la conquista otomana y de la ubicación a apenas 75 kilómetros al sur de Turquía, aparecen junto a monasterios ortodoxos y la presencia británica desde finales del siglo XIX hasta la independencia en 1960, han dejado una marca de etiqueta y amabilidad típicamente inglesas.
Aunque la isla es pequeña y casi nunca se conduce más de una hora para llegar de un sitio a otro, cada esquina de Chipre tiene, por sí misma, una identidad propia.
El más extenso asentamiento arqueológico del país es al mismo tiempo el más grande de los resortes turísticos. Kato Pafos, patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1980, recibe cada año millones de visitantes extranjeros en el lugar que fuera capital de la isla en tiempos griegos y romanos.
En Kato Pafos pueden recorrerse las ruinas de villas romanas, los cimientos de los palacios, los baños, el ágora, las fortalezas, las casas, el perfectamente restaurado teatro que en la cima de la colina preside sobre la ciudad en ruinas. Los vestigios de más de 2,000 años de Kato Pafos muestran perfecta simetría de cara al mar, pero son los pisos cubiertos de mosaicos de coloridos dibujos, los que hacen de estas piedras un sitio memorable. En la llamada Casa de Dionisos, se conserva casi intacta una larga colección de mosaicos mostrando pavos reales y escenas de batallas mitológicas. En la Casa de Teseo un impresionante mosaico reproduce el mito de Teseo y Ariadna. Los mosaicos de este sitio arqueológico están considerados entre los más conservados y valiosos de todo el Mediterráneo. En primavera y verano flores silvestres crecen entre las piedras milenarias.




























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