Durante muchos años el nombre de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) fue una contraseña, aunque ineludible, para pocos y sutiles creadores. El español cargaba con aquello de ser “un escritor para escritores”. Mucho del prestigio venía sostenido porque el barcelonés es parte de una tradición que probablemente haya sido en el ámbito de la literatura en español más prolífica en el Río de la Plata, con Borges a la cabeza, y es la figura del escritor-lector. Su corpus literario, en lo más evidente, está cincelado por Kafka, Boris Vian, Gombrowicz, Nabokov, la literatura argentina y la escuela de escritores franceses en torno al grupo OuLiPo.
A través de El viajero más lento se tiene contacto con ese corpus. El libro recopila ensayos, notas periodísticas, crónicas de viajes y hasta una falsa (y sugestiva) entrevista a Marlon Brando. “El fraude lo cometí en 1970”, explica el autor de París no se acaba nunca, “cuando para no perder el empleo en la revista Fotogramas simulé que sabía traducir del inglés y me inventé una entrevista con Marlon Brando que acababa de comprar la directora de la revista”.
Por cada una de sus lecturas, se entiende, el placer que le ha deparado a Vila-Matas el descubrimiento de un autor –relegado o no de la historia–, la reflexión sobre trabajos ajenos como los problemas propios que debe afrontar en cada una de sus nuevas ficciones. Estos libros, definitivamente, sirven de diálogo a la obra de ficción de Vila-Matas. Uno es sus influencias, inclusive: “En los relatos y novelas que escribo, busco lo inexplicable y para ello me dejo llevar y permito que aparezcan escenas, sucesos que no sabía yo que pertenecieran a mi mundo. Lo inexplicable me parece emparentado con la clamorosa ausencia, a lo largo de lo que he ido leyendo en mi vida, de algunas páginas esenciales, páginas que no sólo yo no he visto sino que no las ha visto nadie nunca”.
El viajero más lento se reedita 20 años después de su publicación. Todo “rescate” remite, una vez más, a la posibilidad de relectura, a un acto por mantener viva a la obra, aumentar su valoración. Es como si fuera necesario regresar a los cimientos que, hoy más fuertes que nunca, sostienen la obra de un autor que elegantemente la escribe día a día. No en vano, el libro tiene el subtitulo El arte de no terminar nada. De los más de 30 textos del libro, se incluyen dos hasta ahora inéditos: Café Bénabou y, precisamente, El arte de no terminar nada. De este último, a modo de epílogo, el ganador del premio Rómulo Gallegos comenta:
“A veces me preguntan cómo sé que he llegado al punto final de la novela que estaba escribiendo, y es difícil responder a esto porque la pregunta lleva implícita la convicción de que existe ese punto de cierre. Y yo no estaría tan seguro. De muchas cosas no lo estoy y ésta es una de ella. De hecho, ya hace años que no soy nada amigo de las afirmaciones categóricas. Salvo que sean dichas en tono irónico”.
Siguiendo a Vila-Matas, entonces, se diría que “probablemente” haya tantos y tan buenos textos para elegir, que una enumeración serviría de muy poco. Pero algunos de ellos, no obstante, “podrían” ser los dedicados a Raymond Chandler y Boris Vian – Largo adiós a Hollywood, sin un beso; El rey del barrio–. El viajero más lento es de esos libros que uno no espera la hora de tener un tiempo especial (porque especial es el libro) para regresar a él. Y es una suerte, por la naturaleza de la obra, que nunca se llegue a concluir. •




























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