PASADENA, EEUU -- El argentino Miguel San Martín, uno de los principales responsables del arriesgado y exitoso “amartizaje” del robot Curiosity en el planeta rojo a principios de agosto, siente que ha pasado su “vida en Marte” los últimos 20 años y ya sueña con nuevos desafíos.
“En el medio de esta misión me dije: ‘Después de ésta, basta, cuelgo los botines’, como decimos en fútbol. Pero ahora, no han pasado dos semanas (desde la llegada de Curiosity a Marte) y me están agarrando ganas de meterme en la próxima”, dijo San Martín, en su oficina en el Laboratorio de Propulsión a Chorro (JPL) de la NASA, en Pasadena (California).
A sus 53 años, este argentino afable sigue siendo aquel chico sorprendido que vio por televisión “la primera vez que el Hombre pisó la Luna” y escuchó en la radio, en la granja de su familia en la Patagonia (sur de Argentina), la llegada de la sonda Viking a Marte, antes de descubrir las primeras imágenes del planeta rojo.
“Me quedé totalmente seducido por esa aventura”, comentó. “Estaba la foto de la pata del Viking posada sobre la superficie de Marte y me pareció una cosa increíble. Y me dije ‘algún día tengo que trabajar en esto’. Y estaba muy claro para mí que, para hacer esto, tenía que venir a Estados Unidos”.
Tras sus estudios superiores en el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), San Martín se integró a la NASA y participó en todos los programas marcianos (Pathfinder, Spirit, Opportunity), hasta convertirse en co-responsable de la ultradelicada fase de aterrizaje del Curiosity, el robot más pesado, más caro y más sofisticado enviado a Marte hasta ahora.
Desde hace 20 años, “prácticamente, mi vida ha sido Marte”, contó. “Nunca me imaginé, cuando estaba en la chacra (granja) de la Patagonia, que participaría en la próxima misión a Marte”.
Apasionado por el control de aparatos a distancia -aún recuerda su fascinación con su primer “walkie-talkie”- San Martín halló en el diseño de robots marcianos a control remoto un desafío a su medida.
“Mi área es el sistema de descenso. Es lo que a mí me gusta y para lo cual he desarrollado cierta capacidad”. Además, agregó, “hemos desarollado una tecnología que podemos utilizar nuevamente para ir a buscar en otro lugar”.
Pero esto no quiere decir que, en adelante, las cosas se vayan a facilitar demasiado. “Todas la misiones son muy difíciles porque todas tienen la misma cosa en común, y es que no podemos probar nada en la Tierra”, recordó.
Tras los “airbags” usados por las sondas estadounidenses Spirit y Opportunity, el ingeniero debió hallar otra estrategia para hacer aterrizar al Curiosity, que era demasiado pesado como para posarse sobre colchones de aire. Finalmente, tuvo la “loca” idea de hacerlo posarse delicadamente con la ayuda de una grúa aérea y cables de nylon.
“Si nos hubieran dado esta idea al comienzo, cuando empezamos a hacer el Pathfinder, habríamos dicho que era una locura. Pero si me preguntas a mí, ahora pienso que ésta es una locura menor a lo de las bolsas de aire”.




























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