Opinión

ALEJANDRO ARMENGOL: Cuba entre el abismo y el misterio

 

Hay una diferencia fundamental entre un enigma y un misterio.

Un enigma ocurre cuando no sabemos lo suficiente sobre un hecho. Si contamos con la información necesaria, el enigma desaparece. Cualquiera puede descifrarlo si tiene a su disposición los datos necesarios.

El misterio, por otra parte, elude las respuestas simples. Para resolverlo, se necesita tener una gran capacidad de juicio, la habilidad necesaria para evaluar incertidumbres, realizar un análisis lo menos apasionado posible y estar dispuesto a admitir la existencia de varias respuestas o de una respuesta muy amplia.

El estado actual de salud de Fidel Castro es un enigma. Lo que ocurrirá en Cuba tras su muerte es un misterio.

Si se publicaran informes médicos detallados, desaparecerían los rumores y las conjeturas sobre el destino de Fidel Castro. Aunque poco a poco los cubanos y el resto del mundo se han acostumbrado a que su presencia esté limitada a unos textos de importancia variable, que desde el inicio eludieron una definición mejor que la decretada por su autor, quien bajo la categoría de “reflexiones”, a veces ofrece un simple ejercicio de copy and paste de informaciones disímiles, y otras nos brinda un par de oraciones disparatadas sobre los hechos más diversos, pasados y presentes, aunque casi siempre eludiendo referirse directamente a los asuntos de la administración del Estado cubano, a cargo de su hermano Raúl.

“Reflexiones” que, por otra parte, aparecen con una frecuencia arbitraria: a veces se amontonan en una semana y luego pasan días y días sin dar noticia de si Fidel Castro sigue “reflexionando” o no, lo que ha dado pie también a otra serie de especulaciones: ¿recaídas, estados depresivos, tratamientos más intensos?

Al tiempo que el gobierno de Raúl Castro ha ido afianzándose en el ejercicio cotidiano del poder, se ha mantenido el hermetismo decretado por el propio Fidel, como una forma de eludir el misterio de lo que ocurrirá a su muerte. Es más, ha declarado la ausencia del misterio: la sociedad cubana y el gobierno de la isla no cambiarán de rumbo. Esto, sin embargo, todo el mundo sabe que no es cierto.

Aunque el tiempo ha afianzado el proyecto de continuidad y cambios paulatinos y extremadamente lentos, no hay duda que la desaparición del líder revolucionario tendrá un efecto catalizador.

Sin embargo, en el exilio se ha confundido un efecto con una causa, y en vez de analizar las razones que explican la estabilidad del gobierno cubano, hay una apuesta, al desnudo o más o menos encubierta, de cifrar las esperanzas –mejor sería decir sus ilusiones– en la muerte de Fidel Castro.

Nada mejor para los intereses de La Habana que este desenfoque. A fin de cuentas, se trata de una jugada estratégica que ha rendido sus frutos, pero a la cual, involuntariamente o no, hemos colaborado todos.

O resolvemos el enigma con una simpleza –decimos que Fidel Castro está muerto desde hace algún tiempo– o encubrimos nuestra incapacidad de análisis sobre el futuro de Cuba con propuestas alejadas de la realidad y juicios fundamentados en premisas erróneas.

Uno de los errores que más se repite en esta ciudad es confundir los términos. Tratar la situación que vivirá Cuba tras el fin de Fidel como si fuera un enigma, el cual se podría resolver si se contara con los datos necesarios. El problema con este enfoque es que, a diferencia de lo que ocurre con la salud del caudillo, hay datos más que suficientes para poder imaginar varios escenarios posibles tras su desaparición.

Sin embargo, el fundamento de cualquier escenario debe partir de una realidad: existe en Cuba un gobierno que hasta el momento puede exhibir un control político y represivo casi absoluto, pero que al mismo tiempo necesita con urgencia de un respiro económico y enfrenta una situación propicia para que en cualquier momento se produzca un estallido social o una situación caótica espontánea. Estos términos pueden parecer contradictorios, pero así es el panorama actual cubano.

Remitir al hecho de que la salida de Fidel Castro de la administración cotidiana del país significa que se ha dado respuesta a la permanencia de un sistema tras la desaparición de su creador pasa por alto un factor fundamental: el peso simbólico y real que esta figura representa no sólo en el imaginario nacional, sino como punto de referencia.

La muerte de Fidel Castro significará el fin de la época de un régimen fundamentado en la “legitimidad de origen”, obtenida por el triunfo frente a la dictadura de Fulgencio Batista, para dar paso a una “legitimidad de ejercicio”, marcada por la promesa de una prosperidad económica, aunque está por ver hasta dónde los cubanos pondrán de nuevo sus esperanzas en promesas hechas por figuras vinculadas con el gobierno actual.

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