Hay un momento en el inclasificable filme Amor crónico, donde la cantante cubanoamericana Cucu Diamantes relata, mirando a La Habana, que sus enemigos le dicen la “Loca Roja”, porque vive en Nueva York y le ha dado por cantar en Cuba, algo que hace desde el controversial Concierto por la Paz, promovido por Juanes en la Plaza de la Revolución.
Durante la misma secuencia subraya, en tono de chanza, que esos presuntos adversarios, a los cuales no identifica, tienen la sospecha de que ha sido “captada” como una Mata Hari caribeña, supuestamente por la policía política de la isla, porque tampoco se aclara quién la recluta.
Amor crónico es un road movie dirigido por el actor Jorge Perugorría, siguiendo los pasos de una gira de la intérprete desde varias ciudades del oriente cubano hasta la propia Habana.
Ahora que se dirime el hecho, sin ninguna fuente que lo corrobore, que ciertos cantantes cubanos, borrados del mapa de la cultura nacional por su abierta oposición al régimen que detenta el poder en la isla, pudieran recibir una suerte de dispensa oficial para que regresen, discretamente, a la radio de donde fueron proscritos durante décadas, Amor crónico patentiza muchos de los requerimientos necesarios para que algo así pueda ocurrir.
Por ejemplo, en el filme la escritora Wendy Guerra hace como de periodista y entrevista a Diamantes caminando por Cienfuegos. Le dice que lo importante de su presencia en la isla es que marca un punto de giro entre las relaciones de Cuba y Estados Unidos porque era la primera cubanoamericana que hacía un tour por la patria y le pregunta que cuáles eran sus razones para tal empeño y la cantante le responde: “Todo lo que hago es orgánico, lo hago por amor”.
Así va avanzando, a dura penas, esta suerte de falso documental que quiere ser desenfadado y humorístico aunque termina siendo anárquico y desordenado como si las incidencias filmadas ocurrieran improvisadas y sobre la marcha.
Inverosímiles resultan los recibimientos de ficción que se le dispensan a Cucu Diamantes en cada provincia en plan de vedette venerada por el público cubano. En medio de los extras convocados para cada ocasión se notan rostros contrariados como cuando en uno de los tantos escenarios de su gira le endilgan una fila de reclutas, como cuerpo de baile, que no saben si reír o llorar ante tan embarazosa situación.
De cómo una cantante, sin notables valores artísticos, ha logrado un tributo fílmico de una hora y veintitantos minutos, antes que otras intérpretes nacionales de reconocido prestigio, pudiera atribuirse al hecho de que el productor es el esposo de Diamantes, fundador y director del grupo Yerbabuena. Otra explicación tendría que ver con la adulonería que suele alentar cualquier artista que venga de “afuera”, debido a los beneficios materiales que de tal circunstancia se derivan.
No es muy reconfortante ver a figuras como el propio Perugorría, Laura de la Uz, Mirtha Ibarra, Luis Alberto García, Albertico Pujols, el bailarín Carlos Acosta, Kelvis Ochoa, Arturo Sotto, Adela Legrá, Juan Carlos Tabío y Los Muñequitos de Matanzas, entre otras talentosas personalidades de la cultura criolla, pasando apuros en supuestos homenajes a la historia del cine cubano que muy poco tienen que ver con la presencia de Cucu Diamantes en la isla.
Resulta contraproducente que la cantante se apropie, sin siquiera insinuar la fuente, de un concepto de la poeta Lourdes Casal cuando afirma, no muy convencida por cierto, que es muy neoyorquina para vivir en La Habana y muy cubana para sentirse cómoda en Nueva York.
En la secuencia final de esta primera película producto del llamado intercambio cultural, el propio Perugorría afirma, en tono de burla, que este empeño no es “industria” sino arte, y trae a colación la anacrónica teoría de “cine imperfecto” de los años sesenta que, ciertamente, pudiera explicar los tropiezos de tanto equívoco cinematográfico y musical sin ton ni son.



























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