Opinión

VICENTE ECHERRI: Imran Khan, el ascenso de un líder

 
 

Imran Khan
Imran Khan
B.K. Bangash / AP

En la violenta y corrupta sociedad pakistaní ha surgido un líder carismático que no podría ser más atípico ni, al mismo tiempo, más predecible: un ex campeón de cricket y ex playboy, educado en Inglaterra y mimado por las élites occidentales que, en su jubilación, encuentra el llamado a arreglar su país como encarnación de sus valores tradicionales, lo cual conlleva preeminencia del islamismo, distancia si no rechazo de Estados Unidos y sus ayudas y avenencia con el movimiento talibán, incluida la suspensión de las operaciones militares en las zonas tribales donde éste se ha hecho fuerte. La transformación de Khan ha afectado también su vestuario: ahora, en lugar del traje y la corbata que alguna vez lo distinguieran, lleva puesto el qameez, la camisa paquistaní, larga y suelta encima de una suerte de pantalones de pijama, el shalwar; atuendo que lo acerca a las muchedumbres, sobre todo de jóvenes, que lo aclaman como la esperanza de la nación con vistas a las elecciones del año próximo.

Para los que desconfiamos de los líderes populistas, Imran Khan es el huevo del basilisco, un monstruo en ciernes que, gracias a las comunicaciones del mundo actual, lo vemos crecer casi ante nuestros ojos con todos los temores y aprensiones que este fenómeno, tan repetido en la historia contemporánea, produce en los espíritus prudentes. De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda que los revolucionarios no asaltan el poder por la fuerza –más de un fracaso ha hecho desistir a muchos salvadores de sus pueblos de este peligroso expediente– sino que se valen de los instrumentos de la democracia: son electos y, a veces con gran respaldo popular, como Chávez, como Correa, como Mrs. Kirchner, y luego, mediante los recursos del poder, que manejan arbitrariamente, van emponzoñando el clima democrático, restringiendo las libertades y alterando el sistema para su beneficio. Nos acordamos bien de cómo empezaron y de cuán inocentes fueron aquellos que los dejaron proseguir.

Pakistán es un gigantesco campo minado. Desde el principio fue un país precario, que tal vez nunca mereció la independencia, acaso haya sido otra de las particiones equivocadas que hicieron los ingleses a punto de abandonar su vasto imperio colonial. Sólo por razones religiosas se independizó el actual Pakistán y el Pakistán Oriental (Bangladesh) de lo que fuera la India británica y los resultados no han sido muy felices. Se trata de un país grande y populoso, con elevadísimos niveles de corrupción, que protege a los subversivos (a los que también a veces persigue) y donde la intolerancia religiosa del islamismo más fanático ha ido adquiriendo cada vez más relieve. Ese país, además, es una potencia atómica y clave en la lucha contra el terrorismo que Estados Unidos y sus aliados encabezan. Ahora, tan pronto como en las próximas elecciones, el fundamentalismo puede llegar al poder por vía de este sujeto de suaves modales que alguna vez fuera el darling del jetset.

Ya antes he dicho que una de las contribuciones decisivas de la ciencia al bienestar de la sociedad sería la invención de un aparato que detectara a los líderes populistas en la sala de maternidad para, en consecuencia, proceder a su eliminación temprana, antes de que subviertan el orden social y propicien grandes calamidades. ¿Se imaginan lo que habría sido el mundo si un médico o una enfermera clarividente hubiese ahogado al nacer a Lenin, a Stalin, a Hitler, a Mao… y a Castro y a Chávez ciertamente aunque hayan sido tiranos menores? ¡Cuán diferente habría sido la historia del último siglo!

A falta de ese instrumento de previsión que ayude a frenar la tiranía en su cuna, una buena dosis de observación y de escepticismo debe servir a los gobiernos que van a la cabeza de la humanidad para detectar y frustrar el ascenso de estos demagogos que producen, como hongos, las empobrecidas y corruptas naciones del tercer mundo, cuando lo que necesitan son robustas instituciones con eficientes y grises administradores que erradiquen el atraso y las costumbres bárbaras en tanto acercan a sus pueblos, sin ninguna vergüenza, a los modelos de Occidente. Para los “hombres providenciales” en esas tierras donde aún prosperan la intolerancia y la superstición, debería existir un equipo encargado de reunirlos con sus antepasados antes de que lleguen al sillón del gobierno.

© Echerri 2012

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