Los niños del huracán Andrew, ahora adultos, ya no hablan mucho acerca de la tormenta. Fue hace 20 años, después de todo. Historia antigua.
Pero excave un poco más profundo y encontrará una huella imborrable en muchos. Un mayor respeto por la Madre Naturaleza. Un nudo en el estómago durante una mala tormenta. Un poco más de vigilancia en lo que respecta a la preparación para desastres.
Nunca lo olvidarás, dice Tom Vick, que tenía 9 años en agosto de 1992, cuando la tormenta que lo cambió todo azotó el sur de Miami-Dade. Es algo que siempre llevas contigo, no importa lo que te pase.
La mayoría de los niños que fueron inicialmente traumatizados por el desastre se recuperaron con bastante rapidez, de acuerdo con Annette M. La Greca, profesor de Psicología y Pediatría en la Universidad de Miami, e investigadora principal de dos estudios sobre las reacciones de los niños a Andrew. Mientras que muchos niños reportaron un estrés significativo en los primeros tres meses después del huracán, al final del año escolar, 10 meses después, la mayoría ya no experimentaba los síntomas de un trauma. Esos números habían mejorado aún más 42 meses después de la catástrofe, la última vez que La Greca y sus colegas entrevistaron a los niños.
A largo plazo, relativamente pocas personas, niños o adultos, llegan a desarrollar problemas graves y permanentes, agregó La Greca.
Incluso para el adulto más equilibrado, sin embargo, el mundo después de Andrew se hizo otro, un poco menos seguro. Para algunos, fue el momento en que crecieron.
Tom Vick, de 29 años, un agricultor de cuarta generación, aprendió pronto a respetar el mundo natural. Pero a partir de Andrew, empezó a comprender el poder que tiene. Ella da, y ella quita, dijo, de pie en un bosque de longan en Redland.
Su familia vivía en una casa en Redland en 1992, pero decidió pasar el huracán en casa de su abuelo en Princeton. Construida en 1923, había sido lo suficientemente fuerte para resistir otros feroces huracanes, de modo que el padre de Vick imaginó que estaría a salvo.
Lo estuvieron. Pero a la casa de su abuelo no le fue tan bien. Después de la tormenta, lo único que quedó de la casa fue la mesa de la que estábamos debajo, tres paredes y los edredones que sujetaban la mesa, dijo.
El pinar con décadas de antigüedad desaparecio. El paisaje parecía que había sido golpeado por una bomba muy potente.
Podríamos haber muerto, dijo, sacudiendo la cabeza ante la maravilla de la supervivencia.
A otros, Andrew les enseñó algo diferente: preparación. Jenny del Campo Bethencourt no le presto mucha atención a las afanosas preparaciones de sus padres la noche antes del paso de Andrew. Tenia 17 años y durmió durante la primera parte de la tormenta. Pero ahora, como adulta, trabajando en la agencia de seguros de su hermano, se pasa el tiempo diciéndole a la gente que se prepare para los desastres naturales. Ella ha visto con sus propios ojos el daño que pueden causar.
Haciendo un recuento de cómo su casa de Redland fue destruida, explica a los clientes lo afortunados que sus padres fueron al tener un seguro de propietarios para la reconstrucción. Sin él, no está segura de lo que podría haber sucedido a la familia.





























Mi Yahoo