Sin lugar a dudas, el beso es una de las manifestaciones de afecto más extendidas en nuestra cultura. Sus orígenes, aún no bien determinados, podrían estar asociados el paso en la era temprana del desarrollo de la humanidad de la comida masticada y reducida a papilla de boca de la madre al crío. Desde el punto de vista espiritual, la transferencia del hálito de un ser a otro implica el traspaso del alma y con ello, la idea de ofrecimiento y abandono total en brazos del otro ser.
El beso conlleva a la movilización de todos nuestros sentidos y simboliza el derrumbe de esa barrera limítrofe que es el exterior de nuestro cuerpo, actuando como antesala a nuestro interior.
La homónima instalación fotográfica de mano de la artista local Amalia Caputo, abierta ahora al público en Art@Work es una muy peculiar reinterpretación de El beso.
Integrada por nueve fotografías que se acoplan en una única pieza, la obra comprende una inquietante aproximación al aparato bucal desde el plano meramente clínico. Las fotografías que conforman El beso de Caputo tienen lugar en una oficina de dentista, lo mismo que el emplazamiento final de su obra que en una suerte de retruécano se expone ahora en el lobby de una oficina de ortodoncia.
Algunas de la instantáneas muestran radiografías de molares; otras, la intervención directa sobre la paciente, mientras un tercer grupo muestra la oficina con una maqueta tridimensional de la boca e ilustraciones que clasifican las partes del aparato bocal. En el centro, borroso, puede atisbarse lo que parece ser un beso.
Amalia Caputo (Caracas, 1964) tiene una formación dual. La artista hizo estudios de historia del arte en su natal Caracas y luego un master en fotografía en el International Center of Photography, en Nueva York. Desde el comienzo de su carrera, Caputo ha estado interesada en dos ejes centrales que estructuran su propuesta artística: el cuerpo y la historia del arte.
Profundamente ligada al sentido de la corporalidad, el cuerpo en la obra de Amalia Caputo actúa como contenedor y reverberación del alma. Terreno de batalla de nuestros deseos y quimeras, el cuerpo es pesado lastre terrenal que nos ata a la realidad y nos confronta sin piedad con nuestros límites y condición finita.
La incursión en la Historia del Arte, por otro lado, le permite a Caputo indagar cambios en patrones culturales a través del tiempo. En ocasiones, la artista introduce distorsiones que avivan la reflexión en torno a temas de magnitud social, como puede ser el caso del uso de la imagen femenina en la historia del arte. Así, destaca la visitación de temas como la Virgen y el niño, las tres gracias o la maja.
En este sentido, destaca su apropiación del controversial Cristo muerto de Andrea Mantegna. La obra de Caputo, que data del 2008, cuida el aguzado escorzo original que hizo de esta pieza de Mantegna una de las más controversiales de su época. Sin embargo, los estigmas de los clavos en la cruz tan presentes en la obra renacentista han desaparecido en la versión de Caputo, lo mismo que la piedra dura sobre la que yace Cristo, sustituida aquí por el terciopelo rojo.
En el caso de El beso (1994-1995), una pieza temprana de Caputo, asistimos a un efectivo efecto antinómico entre el objeto y su denominación.




























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