Hace años hice la observación en alguna de estas columnas. Que estábamos irremediablemente en manos de los políticos y de los jueces. Y que llegado el momento de la verdad, de conferirles mediante el voto todo el poder para enderezarnos la vida o para arruinárnosla, había que estar muy claro del santo y seña de cada fulano. Porque un político fulastre o un juez en toga de gorila podían ser más dañinos que una Kalashnikov. Pues mi amigo Alfre se lo tomó tan a pecho, que ahora que estamos otra vez a las puertas de unas elecciones, lleva semanas revisando a diario discursos, recortes de periódicos, hojas de vida, perfiles de candidatos, y me confiesa que anda más confundido que cuando empezó.
Le he visto tan preocupado que tengo cargo de conciencia. Y no es para menos. Las consecuencias ya se saben. De repente donde con un par de honorables candidatos hubiese bastado para elegir, hay que resignarse con el menos malo. Sus promesas a los votantes suelen ser tan parecidas que uno nunca acaba por saber quién las formuló, si el que está dando la cara o su adversario. Y a falta de ideología, de sustancia, derrotero, y sobre todo de entereza, lo que sobran son los ardides para menoscabar al contrincante. En eso se nos ha convertido la antesala al sufragio, en un ruedo de gladiadores de cuello y corbata que en lugar de espadas, van bien maquillados y llevan la lengua afilada. Para colmo los viciados reportes de los medios de prensa, con un chisme hoy y otro mañana, tampoco nos dejan ver los fideos que hay en la sopa.
El resultado, como puede esperarse, es que de cara a las urnas, lo que prima es el desconcierto absoluto en materia ciudadana, prevalecen los más virtuosos de la seducción, los más duchos en aparentar que son hombres de bien, los que más inundaron las pantallas con anuncios publicitarios, los maestros en levantar cortinas de humo para luego decir lo contrario de lo que afirmaron meses atrás. Las palabras se olvidan. Mi amigo Alfre lo tiene claro. Los dinosaurios no fueron culpables de los meteoritos que los hicieron trizas, pero la gente sí lo es por elegir a los angelitos que terminan pagando como demonios a quienes les permiten con su pellejo hacer carrera, y como monarcas a quienes se gastan la plata para aceitarles las ruedas.
Después, ya lo dice el refrán: el pájaro se conoce por la cagada. Nadie deja de tener fe porque eso es lo último que se pierde antes del velorio. Pero ya exaspera elegir a corderitos que más tarde dilapidan los fondos públicos en beneficio de lobos, que abanderan cruzadas que fuera de sus protegidos a nadie importan un carajo, que se aseguran unos sueldos de madre mía, y a muy corto plazo unas pensiones vitalicias a todo dar, cuando los honestos contribuyentes del fisco tienen que sudar décadas la camisa para jubilarse y seguir ingeniándoselas luego porque no les alcanza la mesada. Deberíamos estar curados de espantos con tantos tejemanejes y escandalillos de corrupción que asoman el pelo en los tribunales. Pero no lo estamos.
Y hay que decirlo. Después de todo somos afortunados. Porque vivimos en un país donde por ningún desatino de palabra, por dejar con la carabina al hombro a los acreedores, por rebelarse contra un jefe ignorante, por decirle hasta del mal que se va a morir a un presidente o por gritar abiertamente lo que se piensa, a nadie le tuercen el pescuezo; a ninguna mujer la lapidan por serle infiel al marido, y ningún hombre paga en la silla eléctrica por haber blasfemado contra el Dios propio o el ajeno. Nada, que tenemos suerte, aunque cada día haya menos gente meridianamente honorable y proliferen los bandoleros con estampa de inmaculados ciudadanos.


























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