Existen dos etapas trascendentales en el deporte de las bolas y los strikes en Grandes Ligas, las que podemos dividir entre antes y después de Jackie Robinson.
El béisbol cambió su rostro el 15 de abril de 1947 con el debut de Robinson con el uniforme 42 de los Dodgers de Brooklyn en el Ebbets Field frente a los Bravos de Boston, fecha en que se rompe la barrera racial en Grandes Ligas y se inicia la verdadera época de oro en este deporte.
El presidente de los Dodgers, Branch Rickey, fue quien le abrió las puertas de las Grandes Ligas a este pimentoso jugador. Después de su debut, Robinson se convirtió en el más grande ejemplo de valor y verguenza de un pelotero dentro y fuera del terreno.
Según todas las investigaciones realizadas, Robinson fue objeto de epítetos raciales, cartas que contenían amenazas de muerte contra él y su familia, lanzadores tirando envíos cerca de su cabeza y piernas, receptores escupiendo al lado de sus zapatos, gatos negros que le tiraban al campo y hasta fue objeto de una mala actitud de algunos de sus propios compañeros de equipo.
A pesar de esa enorme presión, Robinson mantuvo el control con un enorme derroche de coraje y supo enfrentar al odio con serenidad y valentía, convirtiendo los insultos en muestras de cariño, respeto y admiración.
Primero tuvieron que aceptar su entrada, luego reconocer su calidad y más tarde aplaudir sus grandes proezas.
Asimilar la integración racial en los deportes no fue tarea fácil en Estados Unidos durante una época donde predominaba la discriminación. Pero gracias a dicha integración racial y a otros factores que hacen posible las grandes obras, el amor a la justicia se fortaleció en la sociedad estadounidense para ubicarse en la cima del desarrollo universal.
Robinson se convirtió en un símbolo para millones de afroamericanos y un héroe para estadounidenses y latinoamericanos, por representar el sueño de millones de personas en busca de oportunidades para superarse y triunfar en Norteamérica.
El impacto social que brindó su aporte fue de tal magnitud que se considera como una de las victorias más extraordinarias en la larga y rica historia deportiva de Estados Unidos.
Su obra maravillosa le abrió las puertas a los peloteros de su raza en Estados Unidos y Latinoamérica como Orestes Miñoso, Willie Mays, Juan Marichal, Bob Gibson, Tony Oliva y Luis Tiant, entre otros.
Todas las marcas, honores, salarios millonarios y hazañas escritas por los jugadores cuya única diferencia es el color de su piel, tienen su origen en el aporte de Robinson.
¿Fuera Barry Bonds el bateador con más jonrones sin la obra de Robinson?
¿Rickie Henderson el más grande robador de bases? ¿Estarían en Cooperstown los nombres de Roberto Clemente, Juan Marichal, Rod Carew, Orlando Cepeda, Martín Dihigo, Cristóbal Torriente, Tany Pérez y José Méndez?
¿Hubiera sobrepasado los 600 jonrones el dominicano Sammy Sosa? ¿Sería una realidad la invasión de los peloteros hispanos en Grandes Ligas?
No sólo el béisbol salió beneficiado, otros deportes imitaron su ejemplo.
El 31 de octubre de 1950, Earl Lloyd se convirtió en el primer afroamericano en la Liga Nacional de Básquetbol (NBA) con Washington Capitols. Un día después lo hizo Charles Cooper con los Celtics y el 5 de noviembre Nat Glifter con los Knicks.




























Mi Yahoo