Como la Esfinge que hacía preguntas vitales a quienes pedían sus favores, así también tengo yo para usted tres de ellas que me quitan el sueño.
1ra. Un pariente mío pidió tres muchachos en Asunción, Paraguay, todos ellos adultos. Dos de los mismos son hijos suyos, pero el tercero, no. El consulado de EEUU primero citó a uno y le otorgaron su visa de inmigrante. Pasó medio año y entonces citaron a los otros dos. El funcionario consular le preguntó al hijo verdadero si ellos dos eran hermanos y el muchacho dijo que sí. Pero el consulado sabía (no sé cómo) que no eran hermanos y decidió cerrar el caso por la mentira que él cometió. De todo eso hace 6 años. El hijo tiene ahora 36 años de edad. ¿Existe alguna posibilidad de que le abran el caso, ya que quien cometió el error fue el padre al poner un hijo en la aplicación sin ser su hijo verdadero?
Por favor, escríbame y dígame si podemos abrir el caso, para yo ir a visitarlo. (Las otras dos preguntas las dejamos pendientes). Muchas gracias y que Dios lo bendiga.
V. M., Pembroke Pines, Florida
Cuando leí el remitente de su carta, pensé por un momento que usted no era de esta Tierra en que el resto de los mortales aguantamos y sufrimos, sino que su misiva procedía del primer planeta vecino, ¡el tenebroso y rojizo símbolo de la guerra! Por lo menos, así lo afirma el título de un libro, bastante conocido – “Las mujeres son de Venus y los hombres son de Marte” -- aunque el gracejo hispano de Miami ya lo enmendó (“... y los hombres son ¡de... madre!”).
Pero, de Marte, de Venus, ó... de Saturno, lo cierto es que leí su carta con mezcla de pesar y de simpatía, queriendo poderle proporcionar algún alivio a su personaje (¿el “pariente” no será, en verdad, usted mismo con una segunda identidad?!) Pero me temo que, muy en contra de mi buen deseo, no tengo para él “pariente” más que una voz de resignación por el grave y posiblemente irreparable, error cometido...
La realidad es una: con los funcionarios consulares –¡y con los oficiales de Inmigración!— no se pueden cometer descuidos ó “ligerezas”. Muchísimo menos, aún, ¡soltarles alguna mentira del tamaño de una catedral! Quien así lo haga, prepárese, figurativamente hablando, a leer en lo alto de la puerta del oficial las inmortales palabras del Dante: “Vosotros que entráis aquí, dejad toda esperanza”...
Las mentiras en los consulados son terribles, son maléficas, y no se pueden borrar. Dicho de la forma más simple, son fatales. La filosofía general de los consulados norteamericanos es la de negar todas las visas que les sea legalmente posible negar. Todavía no he visto –y ya metí la cabeza por la puerta de la ancianidad-- un acto de compasión consular en un caso de esta naturaleza (!). En esta generación del terrorismo, los consulados niegan todo lo que puedan negar.
En resumen, no existe perdón para la mentira en un consulado. Lo del solicitante fue ¡ tremendo error! Yo quisiera ayudarlo, pero le digo la verdad: no sabría por dónde e mpezar. (Si hay otro –u otra—que lea estas líneas y lo sepa, estoy más que dispuesto a aprender...).
El mundo actual está feo. No necesito explicarle esta afirmación. Basta mirar la televisión, escuchar la radio, ó leer la prensa, para comprobar la podredumbre moral que ha envenenado la Tierra: guerras, estafas, robos, desfalcos, mentiras, muerte. Yo tengo la impresión de que ésta no es la primera vez que usted me escribe sobre esta situación. La ley es la única herramienta que yo sé manejar. Para ser un abogado de inmigración responsable, hay que andar por el centro de la vía, que es la verdad. Tratar de irse por los bordes ó los vericuetos es invitar el desastre.
Yo no conozco, en la ley, un remedio para el caso que usted me plantea. Por supuesto que la ley no es lo más alto que existe: lo más alto es Dios y Su misericordia. El es el único que puede resolver su caso. Ojalá así sea...
MANFRED ROSENOW es un
abogado y periodista de Miami
especializado en temas de inmigración.
Escríbale a El Nuevo Herald,
1 Herald Plaza, Miami, FL 33132




























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