Opinión

CLARA OSPINA: Vivir un huracán

 
 

Una persona desafía el mal tiempo en la playa Clarence Higgs de Cayo Hueso, mientras los vientos de la tormenta tropical Isaac azotan el Cayo, el domingo pasado.
Una persona desafía el mal tiempo en la playa Clarence Higgs de Cayo Hueso, mientras los vientos de la tormenta tropical Isaac azotan el Cayo, el domingo pasado.
Walter Michot / AP

Este fin de semana la tormenta tropical Isaac pasó por Miami, sin hacer mayores daños; solo algunas inundaciones y varios días de incertidumbre y preparativos para un huracán que, gracias a Dios, nunca alcanzó aquí esa categoría.

Mientras oía las ráfagas de viento y lluvia azotar las ventanas y agitar las palmeras violentamente, rememoraba aquellos días, hace 20 años, cuando viví uno de los momentos más dramáticos de mi existencia, el paso de Andrew.

En la noche del 23 de agosto de 1992, después de cenar, un grupo de amigos discutíamos sobre la fuerza de Andrew, huracán que amenazaba la costa sureste de la Florida, pero que seguramente solo afectaría los Cayos, no a la ciudad de Miami.

Entonces sonó el timbre de la puerta. La policía venía a informarnos que el huracán había cambiado de dirección y ahora Miami era zona de evacuación. Inmediatamente, cada familia se fue a su casa a tomar las medidas del caso.

En esa época vivía a pocas cuadras del mar, al sur de la ciudad, cerca del Jardín Botánico. Hacía poco más de un año mi marido había muerto; por lo tanto, yo era la única responsable por la seguridad de mis tres hijos, el menor de los cuales tenía solo 11 años.

Esa misma noche recibí la oferta de tres familias, que vivían lejos del litoral, para ampararme en sus casas.

Acepte la oferta de una amiga que vivía en Cooper City, al noroeste de Miami, lejos del lugar por donde pasaría Andrew. Ella, al igual que yo, era viuda y tenía hijos de la edad de los míos. Mi elección fue acertada: las otras dos casas, al igual que la mía, fueron destruidas por el huracán.

La noche del 24 de agosto, 27 personas, 4 perros y 3 gatos, incluido “Fantasma”, el nuestro, compartimos una pequeña casa. Toda la noche rezamos. El viento bramaba aterradoramente, volaban ramas y el ruido era ensordecedor. En la mañana, por doquier se veían destrozos.

Tres días después logramos regresar a casa. Los caminos habían desaparecido, el barrio era irreconocible. Era como si un gigante lo hubiera aplastado todo. Los árboles habían sido arrancados de raíz y de la casa solo quedaba la fachada, lo demás había sido completamente destruido.

Gracias a unos amigos conseguí un apartamento para vivir, lo cual fue una proeza, porque en pocos días todo en la ciudad había sido tomado.

Esos primeros días fueron aterradores. Los policías y los bomberos también habían perdido sus casas. El pillaje no se hizo esperar.

Había poca agua. Solo unos pocos tenían luz. Era difícil encontrar comida. El calor, la humedad y los mosquitos nos agobiaban. Recuerdo emocionada cuando entró a Miami el primer convoy de la Guardia Federal. Venían a prestar toda clase de ayuda.

En esos días conocí el valor y lo mejor de la gente cuando la naturaleza muestra su fuerza. Muchos fuimos hermanos aun sin conocernos. Hoy, veinte años después, recuerdo y agradezco la bondad de muchos.

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El Nuevo Herald

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