Mephisto Teatro, proyecto internacional en el que participan figuras de Cuba y España, trae al Primer Festival Internacional del Teatro de Virgilio Piñera -que se viene desarrollando en el Herry Herman Ring Theatre bajo la tutela del Departamento de Lenguas Modernas y Literatura de la Universidad de Miami, en asociación con FUNDarte- la obra El juego de Electra. Esta es una versión libre de Electra Garrigó, esa desacralizante creación de Piñera que se estrenó en La Habana de 1948, frente al disgusto de un público habituado a las propuestas facilistas del costumbrismo criollo. Tres antecedentes de lujo daban piso a la pieza virgiliana; tres exégesis diferentes de un matricidio mítico originado por el parricidio que la antecede: Eurípides, Sófocles y Esquilo recrearon en su momento el complejo cuadro familiar que rodea a Electra, personaje en cuya historia se basaría Jung, uno de los discípulos disidentes de Freud, para desarrollar la contrapartida femenina del Complejo de Edipo. Con El juego de Electra, Liuba Cid da un paso más allá y evita caer en localismos para ampliar el alcance de una historia que hunde raíces en lo mejor y más rancio del teatro latino.
La versión que se nos propone -dirigida por Cid y producida por Mayda Bustamante- llega con una puesta preciosista que busca su máxima expresión a través de medios mínimos pero bien fraguados, como son proyecciones para resolver escenografías y la participación de los personajes del Pedagogo -resuelto en la voz de Javier Gurruchaga- y el Pretendiente; pone la viola de María Teresa Gómez Lozano a ilustrar en vivo momentos claves del drama, e incluye toques de danza tradicional o moderna, como el que llevan a cabo los actores armados con chancletas, articulando un espectáculo inteligente que reposa más en la percepción intelectual de los espectadores que en sus emociones.
Tengo una sola objeción para la interesantísima versión de Liuba, y es el que Electra -que interpreta con soltura Dayana Contreras-, resulte un caracter cuyos verdaderos motivos solo podemos conjeturar a partir del original, ya que aquí quedan ocultos por actitudes casi contradictorias. Si bien están claros el resentimiento contra la madre castradora y la fidelidad al hermano, no se nos proporcionan claves que permitan profundizar en los motivos genuinos de la muchacha que llega al asesinato para liberar a Orestes y enclaustrarse luego entre los muros de la casa paterna. Es por ello que la figura más atractiva de la pieza resulta la de Climenestra -deliciosa, matizadísima interpretación de Yolanda Ruiz-, cuya restallante amoralidad acaba por situarla en un primer plano, donde se le condena pero también se comprenden sus íntimas razones.
Vladimir Cruz toma sobre sí el doble personaje de Agamenón, el aborrecible gallo viejo, y Egisto, el aborrecible gallo joven -dos caras del primitivismo machista que origina dictadores-, y lo hace con un alto grado de profesionalismo. Rey Montesinos se desempeña, por su parte, como Orestes, el hijo matricida, con discreta pericia.
En pocas palabras, otra noche bien empleada en el festival, con ingredientes de primera para un teatro avezado.•


























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