El musicólogo Helio Orovio siempre se avergonzó de haber accedido a publicar su Diccionario de la música cubana con la supresión de importantes figuras de la cultura nacional antagónicas a la dictadura de los Castro o por despacharlos, en otros casos, en unas pocas líneas con la concebida coletilla de “abandonó el país…” como si se trataran de “apátridas” o “desertores” de un campamento militar. Si mal no recuerdo, antes de fallecer, pudo ver una reedición del volumen con las inclusiones impostergables y la supresión de los calificativos peyorativos.
Otro musicólogo, el esmerado poeta Sigfredo Ariel, autor de no pocos de los textos que nos hacen entender la importancia de aquella operación de rescate llamada “Buenavista Social Club”, donde intérpretes y compositores abandonados a su suerte, por ser “rezagos del pasado” regresaron a los escenarios nacionales e internacionales para deleitar a las nuevas generaciones que no sospechaban de tanto sabor y excelencia, ha desenterrado en los archivos de la radio cubana piezas memorables excomulgadas, durante décadas, por la desidia y el abandono de funcionarios ocupados en complacer al jefe de turno.
Y ahora se forma la algazara mediática porque una suerte de edicto real revolucionario, que nadie ha leído, quiso primero extender una dispensa eventual a categóricos artistas como Celia Cruz, Willy Chirino y Gloria Estefan para que fueran escuchados en la radio de su país de origen, beneplácito que apenas duró unas horas, para enseguida regresar al punto cero de las prohibiciones porque la expresión social de estas personalidades ha interferido con los llamados preceptos de la sociedad revolucionaria.
La reparación que requiere la cultura cubana va más allá del “blanqueo de tumbas” experimentado por figuras como Lezama Lima y Virgilio Piñera, actos de justicia tardíos que no suelen deberse al régimen sino a la perseverancia de intelectuales que han hecho de esas redenciones empeños esenciales de sus vidas.
La legitimación de Estefan, Cruz y Chirino no pasa por el patético perdón de un aparato represivo que ahora mismo no permite que el público de Cuba conozca que cerca de treinta artistas, teóricos y directores de teatro, llegados de la isla, rinden tributo a Virgilio Piñera, por su centenario, en pleno corazón de Miami, donde son aplaudidos y venerados.
Tampoco tienen que ser enaltecidos por la voluntariedad de representantes geriátricos de la cultura como Alfredo Guevara, que un día dice que su generación tiene la culpa de haber coartado ciertas libertades y luego muestra su verdadero rostro militante cuando publica una carta abierta a los cineastas latinoamericanos para que se alisten a defender a Julian Assange, nuevo juguete mediático de la izquierda internacional.
La dictadura de los Castro no está en condiciones morales ni materiales para perdonarle la vida a nadie. De hecho, Miami, la ciudad demonizada, se ha vuelto el remanso seguro para buscar unos dólares y por sus escenarios desfilan cantantes que ya pensábamos retirados o muertos, artistas de todos los géneros y hasta un reguetonero que exhibe tatuado en su hombro el rostro del hombre que ha causado tantas desventuras al pueblo de Cuba.
En un universo dinámico, donde la música digital circula sin muchas barreras que se lo impidan, sólo la soberbia de un sistema achacoso y anacrónico es incapaz de entender que hace tiempo los cubanos escuchan la música que les venga en gana sin esperar por la absurda autorización de capciosos testaferros.

























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