Nació en Cienfuegos, Cuba (1929), su infancia transcurrió en Tenerife, regresó a Cuba al terminar la guerra civil española. Desde muy joven se destacó en el ámbito de la poesía, fragmentos de su primera novela fueron publicados en la revista Orígenes (fundada por José Lezama Lima en La Habana), otras colaboraciones aparecieron en Ciclón (dirigida por José Rodríguez Feo, también en la capital cubana). Con el triunfo de la revolución de 1959 ocupa un cargo de representante cultural en Roma y en París, al que renunciará, poco después, al exiliarse definitivamente en Francia, en 1965. Desde entonces vive en París, donde ha escrito lo esencial de su obra.
Nivaria Tejera ha vivido en tres islas. Dos de ellas rodeadas de mar: Cuba y Tenerife. La tercera, rodeada de tierra, pero surcada por ríos cuyos cursos buscan siempre el mar: Isla de Francia, la región donde se encuentra la capital francesa y los restantes departamentos que la circundan. Como asideros, las islas la persiguen. Tal vez por ello, inconscientemente, se aísla: no es dada a la vida pública, tampoco a los homenajes, a las tribunas, al figureo. Labra en silencio su obra, profunda, impresionante, sincera, muy humana. Pide silencio para que las letras no pierdan su dignidad, porque respeta ante todo su profesión lo cual significa respetar a quien la lee.
Indago en qué lugar del mundo le gustaría hallarse ahora. Me responde: Tal como va el mundo, armado de conflictos que se encadenan unos con otros, es difícil imaginar trasplantes existenciales o preferencias residenciales. El aquí o el más allá van perdiendo sentido, por lo que considero esencial mantener una línea de fuego que nos preserve de tanta vorágine y prolongar de este modo nuestra fuerza, es decir, la soledad necesaria al pensamiento. Sólo el instinto sabe de estas cosas.
En el texto de clausura que leyó en el homenaje que le hiciera, durante tres días de marzo de 2008, el Instituto Cervantes de Nueva York expresó: Es sabido que el vals de los homenajes colma a sus elegidos del lacio placer de la presunción, de una vanagloria (tradúzcase gloriola) que, para decirlo con humor, les aflojan los fuelles, deslizándolos a nadar sin fin en lo que Vallejo nombraba la nonada.
Sus novelas han marcado hitos. La primera de ellas, El barranco, fue publicada en 1959. Se trata de la primera novela que describe la guerra civil española desde la perspectiva de la infancia. Los barrancos son indisociables de Tenerife. De esa isla lleva ella su nombre: Nivaria, que era como la llamaban los navegantes portugueses porque se les aparecía en el horizonte, siempre como fanal, con la cumbre del Teide coronada de nieve. De esa isla era su padre, un destacado periodista, Saturnino Tejera, que marcó el ámbito cultural de la ciudad cubana de Cienfuegos cuando a ella llegó con Nivaria y con Tinerfe, su otro hijo.
A El barranco, celebrada por grandes plumas de las letras francesas (Nathalie Sarraute, Maurice Nadeau, etc.) se añade, años después, Sonámbulo de sol, novela con la que gana el Premio Seix Barral de Novela Breve 1971. Luego vendrán Huir la espiral (1987) y Espero la noche para soñarte , revolución (2002), todas publicadas en español y en francés. La poesía la ha escrito desde muy joven. Su primer poemario publicado, Luces y piedras, data de 1949. A este le siguen: Luz de lágrima (1951), La gruta (1952), Innumerables voces (1962), La barrera fluidica o París escarabajo (1976), Rueda del exiliado y Martelar (ambos de 1983).




























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