Madrid -- Fue la Ilsa de Casablanca, rubia de Hitchcock, apasionada amante y esposa de Roberto Rossellini y, finalmente, rodó con el otro Bergman, Ingmar, en el crepúsculo de su carrera. Ingrid Bergman, una de las mejores actrices de la historia del cine, murió el día de su 67 cumpleaños hace ahora tres décadas.
En el cine, fue el objeto de una frase tan repetida como el “Siempre nos quedará París” con la que Humphrey Bogart dejaba abierta la historia de amor más célebre del cine clásico. En la vida escribió a Roberto Rossellini otra no menos célebre: “Solo se decir una cosa en italiano: Ti amo”.
El mayor descubrimiento sueco de Hollywood tras la retirada de “la divina” Greta Garbo había resultado ser una auténtica rubia de Hitchcock también fuera de las pantallas. Un volcán gélido que, pese haber representado el candor en cintas como Gaslihgt (1944) —el primero de sus tres Oscar— o Spellbound (1945), de Alfred Hitchcock, dio la campanada.
“Era el ser humano más tímido jamás creado, pero tenía un león dentro que no se iba a callar”, resumió luego en su autobiografía, My story, que fue todo un éxito de ventas y en la que expuso al mundo una fidelidad a sí misma muy adelantada a su tiempo.
En pleno Hollywood de la Caza de Brujas y el código Hays de moral y censura, Bergman había abandonado a su marido y se había fugado a Italia con Roberto Rossellini. Solo necesitó ver Roma, cittá aperta (1945) para enamorarse de él. Se casaron y tuvieron tres hijos.
“No creo que nadie tenga derecho a entrometerse en tu intimidad, pero lo hacen. Me gustaría que la gente separara a la actriz de la mujer”, decía cuando las crónicas sociales llenaron páginas y páginas con su historia de amor. “La felicidad es buena salud y mala memoria”, diría años después.
Tras haber demostrado en For whom the bell tolls (1943) o Joan of Arc (1948) que era la perfecta heroína del inmaculado cine americano, se convirtió en musa desarrapada del neorrealismo en obras tan convulsas como Stromboli (1950), Europa 51 (1952) o Viaggio in Italia (1954).
Aunque había rechazado al magnate Howard Hughes —que reservó todo un vuelo de línea para ella— ya había tenido algún desliz con personalidades como el fotógrafo Robert Capa durante el rodaje de Notorious (1946). Hitchcock llegó a reconocer que se basó en su historia de amor para concebir la sinopsis de Rear Window (1954).
Bergman, nacida el 29 de agosto de 1915 en Estocolmo y fallecida en Londres el mismo día de 1982, había llegado a Hollywood algo reticente por su belleza un poco campestre, su voz grave y su estatura excesiva (1.75 metros), que hizo que Humphrey Bogart en Casablanca (1942) y Claude Rains en Notorious tuvieran que llevar alzas a su lado.
Pronto conquistó al público con un talento dramático fuera de serie, hasta el punto de que cuando “traicionó” esa imagen —que había tenido la culminación en su celebrada interpretación de monja en The Bells of St Mary’s (1945)—, Hollywood quedó tan huérfano de su talento que celebró su “vuelta al redil” en 1956 con un segundo Oscar por Anastasia.





























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