Enmarcada en el corazón de Japón, en la región de Kansai, se esconde Nara, un pequeño rincón de frondosa vegetación, ancestrales santuarios y centenares de ciervos que campan en libertad en la que antaño fue la primera capital de Japón.
Alejada de la fama de la universal Kioto, ciudad de la que se encuentra a menos de una hora en tren, Nara es uno de los destinos turísticos más sorprendentes de Japón por su perfecta sintonía entre su majestuosa riqueza cultural, el acogedor carácter de sus habitantes y sus monumentales templos y santuarios.
Declarados muchos de sus monumentos Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1998, esta ciudad de menos de 400,000 habitantes es una localización idónea para saborear el Japón tradicional, en un paseo que ofrece algunos de los mejores ejemplos de templos budistas y sintoístas dentro de un parque con más de 1,200 ciervos.
Decretada como la primera capital permanente de Japón desde el año 710 hasta el 784 por la emperatriz Genmei, la cuarta mujer en acceder al trono nipón, el centro histórico se articula en torno a un gran parque de unas 500 hectáreas, a pocos pasos de la estación de tren.
Tras recorrer Sanjo Dori, una larga y acicalada calle comercial repleta de tiendas y restaurantes, se llega al pequeño lago Sarusawa, desde el que se vislumbra la monumental pagoda de cinco pisos del complejo templario Kofukuji, la segunda más alta de Japón con unos 50 metros.
Subiendo unas empinadas escaleras se alcanza este lugar, construido en el 710 por el clan Fujiwara, una de las familias más poderosas del país en los periodos Nara (710-794) y Heian (794-1185). Aquí se levantan dos pagodas, los pabellones Dorado y Octagonal, y varios templos.
EL REINO DE LOS CIERVOS SAGRADOS
La entrada en Kofukuji es también la puerta al parque de Nara, convertido en un reino de ciervos sagrados moteados que son una de las principales atracciones turísticas de la ciudad y que acompañan, durante todo el paseo, a los visitantes a cambio de unas galletas pensadas para ellos, las Shika Senbei, que se venden en cualquier esquina.
Según la leyenda, para la fundación de uno de los santuarios del parque en el siglo VIII se invocó al gran dios celestial Kashima, que descendió de los cielos a lomos de un ciervo blanco y, desde entonces, este animal ha sido protegido y venerado como mensajero divino por los habitantes de la ciudad.
Después de atravesar el centenario Museo Nacional de Nara, el visitante encuentra uno de los mayores atractivos de Japón: el templo budista Todaiji (Gran templo del Este), construido en el 725 y al que se accede tras cruzar la majestuosa puerta de madera de Nandaimon, custodiada por dos colosales y espeluznantes guardianes.
El templo alberga el Daibutsuden, el pabellón de madera más grande del mundo, que da cobijo a una enorme estatua en bronce de Buda que, con sus casi 15 metros de altura, es una de las mayores fabricadas con este material.
A través de jardines y un frondoso bosque, un camino con más de 2,000 lámparas tradicionales de piedra y papel hacen presagiar la llegada al Kasuga Taisha, un santuario sintoísta fundado en el 768 y circundado por decenas de templos auxiliares dedicados a la protección de la ciudad.




























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