Así que al final fue eso. Un viejo actor hablando de forma incoherente a una silla vacía. La convención republicana realizó durante tres días un desfile de travestismo político en que a cada orador lo más que le preocupaba era superar en el número de mentiras a su antecesor, al tiempo que demostró una atención extrema en lo referente a la ropa y el maquillaje.
No es que espere mucho tampoco de la convención demócrata que se inicia esta semana, salvo que el presidente Barack Obama no solo es un orador excelente sino que sus discursos se caracterizan por análisis adecuados y no clichés antiguos, y hasta el momento nadie ha anunciado que Woody Allen se presentará antes que el mandatario. Con eso basta para respirar tranquilo.
En realidad la reunión republicana tenía una misión imposible por delante: cumplir con todos los requerimientos de los fanáticos del Tea Party y tratar de convencer al votante medio estadounidense de que el millonario Mitt Romney es la mejor opción, un hombre de familia, religioso y comprometido al desarrollo y avance de este país, tanto desde el terreno económico como en la arena internacional.
El discurso de aceptación de la candidatura republicana para la presidencia de Estados Unidos trató de presentarnos a un hombre sincero y sencillo. Lo que consiguió fue poner ante las cámaras a un vendedor de promesas no muy distinto a esos que en los westerns ofrecen mejunjes en un pueblo perdido, cuyos actores disfrutan por breves minutos de la oportunidad de mostrar una conducta más o menos estrafalaria para luego perderse en el interior de un establo, una carreta o una cantina, cuando el sheriff llega a poner orden.
Romney dedicó la primera parte de su discurso a desarrollar una especie de soap opera sobre él y su familia. La segunda parte estuvo destinada a cumplir las expectaciones más importantes desde el punto de vista electoral, y se desarrolló fundamentalmente sobre tres aspectos.
El primero tuvo que ver con la capacidad de Romney para gobernar, y en este sentido su reclamo único se fundamenta en una falacia. Un país no se gobierna como una empresa. Solo los tontos encuentran convincente la propuesta de que un millonario como presidente los hará millonarios a ellos como votantes.
El segundo punto débil es echarle la culpa al presidente Barack Obama de todo lo que está mal. Romney habló de la dependencia con China y dijo que buena parte de la deuda de Estados Unidos es con ese país asiático, solo que no mencionó que esa dependencia fue creada por el ex presidente George W. Bush, que durante sus ocho años de mandato financió la guerra contra Irak y Afganistán con fondos chinos.
El tercer aspecto, y el más decepcionante, fue que el candidato republicano resultó incapaz de presentar un programa de gobierno que pueda competir contra la administración actual. Romney se limitó a una serie de promesas de campaña.
A partir de este momento solo queda el repudio a Obama como causa más que suficiente para votar contra él y a favor de Romney.
Lo malo en este caso es que se trata de uno de los peores escenarios electorales posibles, ya que guste o no introduce al factor racial en el centro de la campaña. Viendo las imágenes de la convención republicana no cabe duda de que se trató de un evento para blancos y rubios. Los delegados de la raza negra se redujeron a unos cuantos entre miles de anglos. Sin embargo, desde el punto de vista de composición étnica y de país de origen, Estados Unidos ha cambiado sustancialmente desde una época tan cercana como el triunfo de Ronald Reagan y las películas de Dirty Harry. Eso no quiere decir que esta transformación se trasmita automáticamente a las urnas, aunque abra una nueva interrogante al respecto.
La convención republicana fue un vivo ejemplo del reclamo sobre un país que ya no es. Más allá de los problemas económicos actuales, hay en Romney, su figura y la de su esposa –por encima del excesivo maquillaje de ambos– un deseo de hacer retroceder a este país a los años cincuenta, a la época de la Ley Seca o a los Estados Unidos anteriores al gobierno de Lyndon B. Johnson. Se trata de repetir esa vieja ilusión republicana de cambiar las condiciones económicas mientras se dejan intactos los valores familiares.
Aspirar al tradicionalismo en el hogar, mientras en la sociedad impera un capitalismo feroz, es puro cuento de hadas. Al expresar estas ideas, Romney vuelve al espíritu de secta, que es el que mejor lo define, de proselitismo barato y promesas falsas.




























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