Si no le ha sucedido lo que voy a contar es porque seguramente está libre de sufrir pasiones huracanadas. El resto nos la pasamos en un perenne susto cada vez que nos anuncian que por ahí viene un huracán, y no solo por los daños que pudiéramos sufrir durante la tormenta, sino también por lo que ésta provoca al sobrepeso y al bolsillo.
Y le cuento por qué “Isaac” fue una más de mis pruebas de fuego.
Tres días antes de que nos pasara cerca, me uní al deporte favorito en Miami apenas tenemos el peligro de una tormenta: este es, correr de tienda en tienda comprando baterías, galones de agua, latas de atún, galletas saladas, leche de todo tipo, como si nos fuera a llegar un desastre nuclear.
Sabiendo esto, la picaresca de los supermercados, tienta la debilidad humana: “Compre tres latas de salchichas y le damos una gratis”. Me llevo seis o nueve y tendré tres más.
Ahí mismo escuchaba los diálogos entre los clientes:
“¿Para qué quieres jugo de mango mujer? ¿No ves que es dulce y vas a engordar tomando solo eso?
Nada mas de oírlo se me antojó el jugo de mango y fui por dos botellas, (que también estaban en oferta y terminé con una gratis).
Apenas las había dejado en el carrito cuando el sabrosísimo olor de la perversa panadería dentro del supermercado me llevó a pensar en lo que comería cuando el huracán nos estuviera pegando: unos sándwiches con ese pan.
Pronto también el pan estuvo en mi carrito…
Pero faltaban el jamón, y el queso, y el pavo para prepararlo, como de revista. Y en el Deli me dieron de probar de todo hasta que finalmente mi paladar se decidió.
Me faltaba algo más para tener un huracán endulzado: el postre.
Ni hablar de la panetela de vainilla que por supuesto coronó mis compras, y las bolsas de hielo para las sodas.
¿Y la factura calórica?
¡Igual de grande que la del supermercado! Me calmé diciéndome: “Collins, no te mueras del susto que esto te hará sentir mejor”.
Armada con todo mi arsenal alimenticio llegué a casa, mientras mentalmente me saboreaba todo aquello.
Mis pensamientos fueron cortados por una llamada del Noticiero Univisión. “¡Nos salvamos!
¡“Isaac” ya no tocará por aquí!
¡Oh! Y ahora... ¿Qué haré con todo lo comprado?
Terminé dándoselo a unos necesitados, mientras mi bolsillo resultó saqueado por mi gula y por el susto a un huracán que no llegó. •























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