Hubo una Habana que sobrevive como un sueño en la saga que le dedicara Guillermo Cabrera Infante y otra en las antípodas que cada día reproduce con más ahínco el realismo sucio de Pedro Juan Gutiérrez. Debe haber una Habana limbo de nuevos empresarios criollos y extranjeros, sumergida, con alguna funcionalidad mientras no se cruce con la que padece el desmontaje sistemático de la desidia y la inoperancia gubernamental
Para los que no alcanzamos a disfrutar “La Habana del Infante Difunto”, el descubrimiento del documental de promoción comercial 23, el Broadway Habanero, dirigido por Alberto G. Montes a finales de los años cincuenta, resultó ser la confirmación visual de aquella primordial narrativa legendaria.
Durante una comparecencia en la Televisión Española, si mal no recuerdo por los años setenta, el escritor Alejo Carpentier, quien acuñara el término “la ciudad de las columnas”, se refería, consternado, al daño que la modernidad norteamericana había causado en la trama tradicional de la capital cubana antes del año 1959.
Habló de bodegas en las esquinas de los vecindarios afrontando la amenaza de soberbios mercados a la usanza de Estados Unidos. No obstante haber vivido en París casi toda su vida, no me consta que haya tenido tiempo, antes de morir, para ver cómo el temporal revolucionario, que él encomiaba, terminaría barriendo, con saña, los mercados y las bodegas.
El cine ha insistido en testimoniar para el futuro cómo la ciudad se “deshace en menudos pedazos” frente a nosotros como espectadores impotentes sin remedio. Fue la checa Jana Boková en 1990 con su documental Havana, quien abrió una suerte de caja de Pandora que internacionalizó el drama de la ciudad.
Luego vendrían otros capítulos memorables de la debacle. En Cuba 111, del año 1995, el belga Dirk Vandersypen hace una crónica, no exenta de ternura, sobre los pobladores del hacinamiento del solar habanero. Once años después, el alemán Florian Borchmeyer, dispensa categoría visual a las teorías del escritor Antonio José Ponte acerca de la convivencia con los despojos de la ciudad en su memorable Habana, arte nuevo de hacer ruinas.
A la misma antología del descalabro pertenece una breve joyita titulada Las camas solas, que la directora Sandra Gómez dirigiera en el año 2007 sobre el acontecer de un edificio muy próximo al Capitolio Nacional sostenido de puro milagro y las tribulaciones sufridas por sus habitantes ante la amenaza de un huracán.
Por estos días se acaban de estrenar dos nuevos intentos de explicar circunstancias urbanísticas e históricas de La Habana aunque desde puntos de vista más moderados por ser producidos por instituciones oficiales cubanas. En Un siglo de El Vedado, sus directores Cristina Fernández y Carlos E. León hacen la historia sucinta de una de las urbanizaciones más hermosas de la ciudad que tampoco ha escapado al vendaval, mientras Lourdes Prieto se ocupa de otra zona sumamente maltrecha por la indiferencia castrista en su filme Habana del Centro, un sueño de sombras, donde con tristeza se ve lo que queda de calles que fueron glorias comerciales y funcionales como San Rafael, Galiano, Reina y Belascoaín.
Vale la pena comentar y mostrar, próximamente, estas nuevas aproximaciones en el programa La Mirada Indiscreta del Canal 41, América TeVe y poder constatar por qué hasta un adlátere del régimen como el Historiador de la Ciudad Eusebio Leal, es capaz de confesar, en uno de los documentales, con tono admonitorio “Ver con pena como toda esa arquitectura se nos viene encima simbólicamente pero también se nos viene encima realmente”, eludiendo la causa de tal desventura.


























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