Artes y Letras

Los 29200 días de un surrealista

 

Especial/El Nuevo Herald

Entre los que hoy se disponen a leer la sección Galería, seguramente están sus propios columnistas habituales, esos que de domingo en domingo van comentando y analizando en nuestro idioma, la actualidad de las artes plásticas en Miami, creando en tal sentido una memoria indispensable. Pero esta vez uno de ellos se sorprenderá al descubrir su rostro entre las imágenes de sus propias obras ilustrando la página. El colega jamás pudo imaginar que la dirección del semanario y yo conspirábamos para publicar este trabajo. Ahora empezará a comprender que es él, el crítico de arte, quien aparece aquí criticado, o cuando menos convertido en noticia. En primer lugar, porque Carlos M. Luis, nacido en La Habana, Cuba, el 6 de septiembre de 1932, es además de crítico, un consumado artista del collage, quien se califica así mismo de “collagista empedernido”, que antes de terminar el año en curso, estará exponiendo su última serie titulada Ubú Rey de Polonia, basada en ese rey absurdo y grotesco creado por el dramaturgo francés Alfredo Jarry (1873-1907). Y en segundo término, porque aprovechamos que se cumple su 80 aniversario para resaltar su fecunda trayectoria intelectual, que lo convierte además en protagonista clave de la historia del movimiento artístico, que se da a nivel local a partir de los años 80.

Artistas de la diáspora cubana y otros que han emigrado desde distintos puntos de América Latina, no solo reconocemos en este promotor artístico de pura cepa, su constante dedicación a investigar la obra y divulgar las exposiciones de los más acreditados autores, sino también por dar a conocer y lanzar los productos de innumerables pintores emergentes, en una época en que muchas instituciones de la esfera, dan la espalda al artista, transformando en árbitros y celebridades inasequibles a ciertos dealers y curators que bailan únicamente al ritmo que marca, como lo expresa Emilio Lledó, “… la obsesión por el dinero y por el solapado culto de la avaricia”; Carlos es por el contrario ejemplo de atención al creador, difusor accesible, y por medio de la prensa, popularizador de las artes visuales.

Simultáneamente con todo lo anterior él desarrolla una rica obra lírica y ensayística; con el tiempo sus poemas se tornan en poesía visual, en collages, que Durban Segnini Gallery expone en el 2002 bajo el nombre Archaeological Findings. Mientras sus juicios teóricos se consolidan desde mucho antes, haciendo obligada la mención del díptico que forman sus libros Tránsito de la mirada y El oficio de la mirada (Ediciones Salvat).

Igual acreditan la versatilidad de este artista que había abandonado su tierra en 1961, otras dos empresas legendarias en Miami: la fundación de la galería Meeting Point (1979), que dirigió hasta 1984, y su consistente contribución al frente del Museo Cubano, que ni siquiera lograron opacar determinadas decisiones que resultaron controversiales; como aquella de exponer obras de pintores que vivían en Cuba, a la que se opuso parte de la junta directiva, situando a Carlos, y a Ramón Cernuda del otro lado, en el centro de la exasperada polémica, “aderezada con la explosión de dos bombas que sacudieron las salas de aquel pequeño templo del arte”. Ellos trataban de defender que no hubiera exclusiones de ninguna índole en esta plaza, principal bastión extraterritorial de la cultura cubana, evitando caer en juegos ideológicos y manipulaciones extra artísticas. Que Carlos acabara en la lista de los “peligrosos progresistas locales” es solo la consecuente reacción de sujetos conservadores, esos que miran una obra de Ai Weiwei o de Mc Carthy y se santiguan, los mismos que gritan ‘vade retro Satanás’ frente a un cuadro de Richard Phillips.

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El Nuevo Herald

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