En mi libro La Violencia en Colombia, escrito tres años ha –todavía Uribe en el poder y cumplida la contundente Operación Jaque– me permití decir que las posibilidades de una paz negociada entre el gobierno y las FARC se habían fortalecido. El presidente Uribe estaba en la cumbre de la popularidad. Había demostrado que sin avances profundos en el terreno militar toda negociación sería perniciosa, pero quedaba en pie el hecho rotundo de que la vieja organización guerrillera, aunque seriamente menoscabada, conservaba capacidad de hacer daño.
De las iniciativas de paz promovidas por los presidentes Belisario Betancur (1982-86) Virgilio Barco, César Gaviria, Ernesto Samper y sobre todo Andrés Pastrana, hasta llegar a Uribe y ahora Santos, puedo extraer una ley no escrita que me permite valorar si las negociaciones son puramente ornamentales, sueños sin fundamento, forma de demostrarle a terceros que la culpa es del otro o maneras viables de erradicar la violencia irregular. A tenor de semejante ley, la consistencia de los acuerdos depende del estado de salud del poderío militar y político de las FARC. Los posibles avances reales serían inversamente proporcionales a la fuerza de la insurgencia.
El más audaz de los esfuerzos de paz fue el del presidente Andrés Pastrana. Por desgracia, sus propuestas aparecían cuando la gente de Marulanda se encontraba en ascenso. Las FARC habían alcanzado un fuerte desarrollo militar y se sentían listas para tomar el poder. Iluso o no, su Secretariado percibía debilidades y baja moral en el gobierno de Colombia. La victoria militar del Frente Sandinista de Nicaragua, ocho años antes, reforzaba su entusiasmo.
¿Por qué entonces Marulanda aceptó considerar, o se vio forzado a hacerlo, las ofertas de paz del presidente Pastrana? A tenor de un informe de Marcos Calarcá, vocero internacional de las FARC, lo que éstas querían era ganar tiempo. Marulanda estaba convencido o decía estarlo que EEUU invadiría Colombia para impedir la toma revolucionaria del poder. “Ganar tiempo” era lo que desde su posición de fuerza quería sacarle a las llamativas negociaciones con Pastrana.
Al presidente se le endosó el calificativo de cándido, de esperar demasiado de las FARC, pero ese juicio debe ser matizado. A partir de la ruptura de las conversaciones quedó muy claro al mundo que la guerra irregular no era una respuesta a la agresión oligárquico-imperial sino una vía para hacerse del gobierno.
¿Lo engañaron a usted?, le preguntaron a Pastrana. No, engañaron a Colombia.
Ese engaño predispuso al país contra los manoseos de la negociación. Con todo su poderío bélico, el descrédito de las FARC fue severo, al punto de quedar aisladas del país. Es sobre la enérgica respuesta esperada por los colombianos que Uribe triunfa y proporciona golpes demoledores. Disminuidas, las FARC se replegaron al fondo de la selva. Muertos Reyes y Jojoy, militaristas duros, el ala de políticos como Alfonso Cano asume el control de la organización. Sabía éste que debía negociar en serio o esperar la muerte, tal como lo proclamaron Uribe y Santos. Dio una señal que el gobierno no entendió o no quiso hacerlo. Ordenó que las FARC volvieran a la formación guerrillera para no ofrecer blancos fijos al Ejército. Las guerrillas molestan pero no ganan guerras. Picar y huir, tratando de forzar al gobierno a que abriera la mano. Mas Uribe y Santos no eran proclives a ese juego. A poco, Cano encontró la muerte.


























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