Al acercarse las elecciones presidenciales en Venezuela el 7 de octubre, la retórica de Hugo Chávez contra la oposición es más histérica cada día.
En realidad, si se escucha a Chávez, nadie diría que está sufriendo de un cáncer en una etapa avanzada. Aun sus partidarios más cercanos están deliberando sobre sus próximos pasos si el Comandante se va de este mundo. Pero nada de esto pasa a la población venezolana por una sencilla razón: Chávez quiere que crean que es como un dios mitológico, un eterno sobreviviente, a quien no lo afectan preocupaciones humanas como una enfermedad debilitante.
El último floreo retórico de Chávez ha aumentado el temor de que una victoria de la oposición lleve a una guerra civil. Es un paso más allá de la demonización del popular candidato opositor, Henrique Capriles Radonski, a quien Chávez siempre se refiere con el lenguaje más ofensivo, y cuyo origen judío ha sido objeto de crueles ataques antisemitas.
En una comparecencia radial el 4 de septiembre, Chávez acusó a Capriles, que es un moderado, de ocultar un “paquete de medidas neoliberales” en su plataforma electoral. Capriles, agregó Chávez, “quiere llevarnos de vuelta a una Venezuela que no aceptaríamos, y que conduciría a un triste escenario de desestabilización profunda, y que incluso podría llevarnos a una guerra civil”.
Hay un método detrás de este intento de sembrar el miedo. Según Luis Vicente León, el presidente de Datanálisis, una importante encuestadora venezolana, alrededor del 30 por ciento de los votantes –aproximadamente 6 millones en total– no han decidido por quién votarán. Y a raíz de la explosión en agosto en la refinería de petróleo Amuay, en la que murieron más de 40 personas, las minuciosas preguntas que se hacen sobre la mala administración crónica del régimen no le hacen ningún favor a Chávez. El presidente del sindicato de trabajadores petroleros, José Bodas, que hace dos años advirtió que las prácticas del régimen estaban "poniendo en peligro la vida y la salud de los trabajadores", ahora ha pedido una investigación independiente de la explosión de Amuay, el mayor desastre industrial en la historia de Venezuela, y ha exigido la renuncia del ministro de Energía de Chávez, Rafael Ramírez.
En vez de responder a Bodas directamente, Chávez hizo lo que siempre ha hecho: pronunció un ampuloso discurso en el que afirmó que una victoria de la oposición, que la explosión en Amuay ha convertido en una posibilidad mucho más realista, es el equivalente de un apocalipsis.
La analista política Carmen Beatriz Fernández dijo a un periódico venezolano: “Es algo que Chávez ha hecho antes, por ejemplo, en las elecciones legislativas del 2010. Pero ahora lo está haciendo con más fuerza porque se ha dado cuenta de que no tiene una ventaja tan cómoda en las encuestas de opinión como antes”. Y es correcto: una encuesta reciente mostró que Capriles aventaja a Chávez por varios puntos, mientras otro sondeo reveló que Capriles disfruta una ventaja en siete de los ocho estados más populosos de Venezuela.


























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